martes, 7 de julio de 2020

Investigá lo que se te cante.


Cualquiera que se haya enfrentado al armado de una tesis o, al menos, se haya vuelto un habitué del ámbito académico, sabe que la santa trinidad de todo campo de investigación son el objeto de estudio, el marco teórico y el estado de la cuestión. Estos tres conceptos conforman toda disciplina y eliminar tan solo uno podría provocar que el aspirante a investigador sea tildado de ignorante o mediocre tanto por sus pares como por sus docentes y director de tesis. Ahora bien, existe un problema, creo yo, aún más grave y que no tiene que ver con la eliminación de uno de los elementos de la trinidad, sino con algo intrínseco a cualquier campo de investigación: su antigüedad, vigencia y/o perdurabilidad.
Cuando uno ingresa y da sus primeros pasos en la ruta del conocimiento, todo lo asombra y le resulta fascinante. El párvulo intelectual da sus primeros pasos incorporando estructuras textuales y básicamente repitiendo las palabras de otros, dándole prioridad a la aprehensión del esqueleto antes que a cultivar un contenido original. Ahora bien, cuando el pichón se siente lo bastante seguro de sí mismo como para dejar el nido y emprender su propio vuelo, lo primero con lo que suele toparse son los obstáculos impuestos por sus propios maestros e instructores: que los temas canónicos ya están cristalizados y es ambicioso y megalómano querer decir algo nuevo sobre ellos, que tal o cual propuesta no cuenta con la bibliografía suficiente como para sustentar ninguna tesis o argumentación, que no hay forma de acceder a la documentación necesaria para abordar el problema, y una larga e inagotable lista de etcéteras.
En este punto, el aspirante a especialista en lo que sea se siente abrumado y desalentado, por lo cual solo encuentra dos caminos a seguir: o bien, subsumir su voluntad a la de un guía que le entrega un tema servido en bandeja o con envoltorio, pero el cual no coincide para nada con los intereses del alumno; o bien tomar el toro por las astas y encarar el asunto por sí solo y técnicamente desde cero. Lo hasta aquí expuesto no refleja la totalidad de los casos, ya que, a la larga, siempre se encuentra a alguien tan o más orate que uno, que lo acompañe y asesore en su travesía. Pero me arriesgo a decir que, por lo general, toda empresa académica es más bien solitaria y siempre acaba plagada de limitaciones, desilusiones y postergaciones. Para afirmar esto me baso en mis experiencias personales que detallaré a continuación, pero también en las de muchos de mis compañeros y colegas, quienes han sido víctimas de infortunios similares a los míos.
Mis objetos de estudio prioritarios son la literatura argentina del siglo XX, por un lado, y los cruces entre manganimé y canon literario universal, por el otro. Aun siendo dos campos que se hallan en las antípodas uno con respecto al otro, en ambos he encontrado dificultades para desplegar mis convicciones y anhelos. Para dar con un autor argentino que pudiera investigar, aportar una mirada novedosa y no un refrito o reformulación de lo que alguien más ya dijo –y encima resultara una contribución o siquiera en apariencia un aporte para alguien además de mí–, debí atravesar por múltiples cátedras, explicarme frente a muchos profesores y permitir que metieran algo de mano en mi hipótesis hasta finalmente conseguir un mínimo aval. Para el caso de la cultura japonesa fue aún más extraño y las excusas cada vez más descabelladas, ya que debido a condiciones geográficas, históricas, culturales, lingüísticas y muchas otras que podría agregar, el asunto parecía siempre recaer en la futilidad y banalidad absolutas.
En este punto cabe destacar que no existen estudios académicos más o menos válidos que otros, todo se trata de una cuestión de perspectiva con respecto a los discursos y circuitos hegemónicos y legitimados del conocimiento. La cultura de por sí avala cualquier tipo de investigación ya que todo nace de su mismo seno. El inconveniente surge cuando aparecen focos emergentes o disidentes que vienen a tambalear o desestabilizar aquello que a las Instituciones –con mayúscula– les costó tanto construir y cristalizar. Y sin embargo esto no es más que otra de las máscaras bajo la cual se encubren las discusiones entre alta y baja cultura, centro y periferia, canon y moda. ¿O acaso siempre fue bien vista la métrica y rima libre? ¿O el género policial y la ciencia ficción siempre estuvieron en el panteón de los textos de ficción? ¿O el tango sonó desde el comienzo en los salones parisinos? Es decir, si nos paralizamos y dejamos de investigar algo porque las condiciones son adversas y aún no están dadas para que nuestro esfuerzo y trabajo sea reconocido, ¿quién de nosotros es digno de encender la mecha que nos conducirá al cambio?
El camino no deja de ser frustrante y tortuoso, pero por eso mismo se vuelve gratificante. Los resultados jamás son inmediatos y pueden pasar años antes de ver un artículo publicado o una cita nuestra en otro trabajo. Pero hay que empezar, hay que tomar la iniciativa. Las hipótesis arriesgadas son las más interesantes y entretenidas, un título jocoso en un programa puede hacer que la organización de todo un congreso valga la pena, los dossiers temáticos son una usina de encuentro para las plumas y teclados solitarios. Perderle el miedo y el pánico a la academia, así como los prejuicios a nuestra propia labor, son de los desafíos más grandes con los que se debe enfrentar el investigador a lo largo de toda su carrera. Y pensar que por asuntos más elevados obligaron a Sócrates a beber cicuta y la Iglesia quiso quemar en la hoguera a Galileo.
Tenemos la suerte –y la desgracia– de vivir en una época en la que la opinión personal es tan válida como la ajena. Podemos negociar métodos, herramientas y circuitos de investigación; pero no dejemos que nos arrebaten lo esencial, nuestra pasión, el placer por aquello que nos interesa y queremos construir para difundir y aportar nuestro grano de conocimiento al mundo.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Impresiones europeas: Reflexiones sobre el viaje.


Cuando uno viaja, asiste momentáneamente a un simulacro más o menos verdadero de su muerte: la gente que a uno lo valora se despide afectivamente, el viajero busca dejar todo en regla antes de emprender la huida y su nombre estará en boca de todos por más o menos tiempo. Todo esto, por supuesto, obviando el tono elegíaco de la partida, ya que se espera que el viajero retorne tarde o temprano al cobijo del hogar y la rutina (aunque no siempre ocurre).
En fin, una vez tomado el auto, micro, tren, barco o avión que lo llevará a su destino, el viajero entra en un limbo personal dentro del cual podrá percibir su vida desde la perspectiva del fantasma o la proyección astral. El mundo que abandonó seguirá su curso natural, pero ya sin él, que posee poca o nula capacidad de intervención (aún con las nuevas tecnologías de comunicación a su disposición). Esto, que puede resultar al comienzo motivo de angustia y ansiedad, es uno de los primeros retos y descubrimientos con los cuales se topa el viajero: él es solo un elemento más dentro del complejo entramado social que lo rodea, único e irrepetible pero no imprescindible.
Alejado de la seguridad de lo conocido y familiar (llamémoslo heimlich o zona de confort) lo único a lo que puede aferrarse es a su yo, esa prenda temblorosa y endeble de la cual siempre cuesta desprenderse. Pero aquellos sujetos, el viajero y su yo, frente a la inminente intemperie de lo desconocido, sufrirán múltiples transformaciones que los llevarán a ampliar su percepción de sí mismos y del mundo que los rodea, más grande de lo que creían antes de emprender la ruta.
Frente a lo nuevo, lo adverso, la expectativa y el azar, el viajero esgrime sus propias habilidades y halla otras tantas que consideraba inexistentes o poco desarrolladas. Así se descubre como único responsable y artífice de sus actos, pensamientos, decisiones y devenires. Alejado casi por completo del yugo de la cotidianeidad, salvo por dos o tres pequeños hábitos tranquilizadores, el viajero recupera lo que pierde en su hábitat natural: la sintonía con su ser. Esto no significa control absoluto sobre sí mismo, sino un diálogo y acuerdo constantes consigo. Ahí se produce el segundo descubrimiento.
Cuando el viajero deja de focalizarse en lo que ha dejado atrás es que logra apreciar el asombroso presente del cual él forma parte constitutiva y constructiva. No el presente de la comunidad en la que vive, la empresa en la que trabaja o los grupos que frecuenta; sino su presente, el individual, alejado de lo colectivo y la mirada de los otros. Aquí el único que mira (y se mira) es él. Esa mirada es más valiosa que la de cualquier otro ser humano, porque es la que lo acompañará desde su nacimiento hasta los últimos instantes de su vida terrenal. Por supuesto que no está exenta de prejuicios y comentarios ajenos, pero en la soledad del trayecto el viajero puede poner ciertas premisas en tela de juicio y purgarlas lo más posible de agentes extraños.
Es así como, a su retorno, las cosas volverán lentamente a su cauce normal. Pero oficiará sobre el viajero un cambio sustancial más o menos duradero, aunque profundamente significativo. Es ese impulso o envión el cual el viajero debe aprovechar para modificar su entorno, aquel sobre el cual antes del viaje no tenía poder ni demasiada influencia, por haber cedido voluntariamente su yo al status quo.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Impresiones europeas: Madrid.

Llamarte madre sería un insulto a mi patria, es por eso que te considero una hermana. Madrid, la fraternidad es tu virtud. Abrazas al extranjero con la calidez y la experiencia de los hijos mayores de la civilización romana. Tus calles amplias y ajetreadas dibujan una ciudad leonina, orgullosa de sus banderas y símbolos. Pero lo mejor es cómo te vanaglorias de tus próceres y figuras ilustres. Cada una de tus calles es un homenaje a los ciudadanos que por siglos han alimentado tu gloria.
Candor y vivacidad desbordan de tu gente y si hemos heredado el temperamento italiano, sin duda también el jolgorio y júbilo español. Madrid, dime qué se siente acobijar tantos dialectos y registros en tu seno. Si a todos nos une una misma lengua tergiversada y corrompida, ¿a qué hemos de defender normas y correcciones de diccionario? Riámonos de los equívocos con una cerveza de por medio, colegas, que mezclarnos es lo mejor que nos haya podido pasar como seres humanos.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Impresiones europeas: Roma.


Muros con osteoporosis invaden tus calles aplastadas por el peso de tu historia. Canal de la civilización occidental, todo el conocimiento de más de medio mundo ha pasado por ti. Roma, registro del ser humano, fuente de inspiración, punto estratégico para la evolución del hombre. Rebalsas de dicha antigua pero te cuesta adaptarte a los tiempos que corren. Todos te envidian y guerrean tu supremacía, pero solo tú conoces el dolor de tus entrañas.
De ti brotaron las obras más rememoradas por los hombres, pero también has sido la elucubradora de calumnias e infamias. Tú lo tienes todo, tanto lo bueno como lo malo. ¿Qué más se te puede pedir o exigir? Si hasta contienes a aquel que rige sobre las almas de millones de fieles.
Roma la conquistadora, la católica, la renacentista, la filosófica, la oradora, la operística. Todo lo tienes y no eres dueña de nada porque te has convertido, desde siempre, en patrimonio de la humanidad.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Impresiones europeas: Praga.


Sepia y gris son tus tonos, la paleta con la que pintas tus empinadas colinas otoñales. Tus edificios más modernos engalanan colores pasteles, pero tus piedras más antiguas las recubre un negro carbonatado que hace pensar en los incendios y las guerras. ¿Por qué te empecinas en mostrarte tan fría ante el viajero, ciudad de rostros tensos e inexpresivos? ¿Habrá sido a causa de los regímenes totalitarios a los que te has visto sometida a lo largo de los años que tu gente ha perdido la sonrisa?
Tu historia y tu identidad han sido fracturadas y de ello el mejor ejemplo es la fortaleza que me vigila a lo lejos: aquel monstruo de Frankenstein romano, gótico y barroco que sirvió de pesadillesca influencia a uno de los más grandes escritores del siglo pasado. ¿Es que acaso estás condenada a la caótica fragmentación, incapaz de anhelar la unidad pacificadora? Porque hasta tú, Praga, necesitas de cinco relojes para poder marcas las horas.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Impresiones europeas: Ámsterdam.


Te tachan de inmoral, pero he de decirles a aquellos que lo hacen que eres la más sincera de las que he visitado hasta ahora. Ámsterdam: la ciudad de la diversidad, de la tolerancia, de lo variopinto. Paraíso para algunos, ciudad de perdición para otros. Envuelves al pecado de legal nobleza y solo por eso destierras de ti la hipocresía. Proteges a tus trabajadores y clientes por igual; de lo único que se te puede criticar es de llevar a cabo un capitalismo traslúcido, y aun así…
Pero está esa otra Holanda, la de las afueras: la campiña, los molinos, los paseos en bicicleta, los canales, los tulipanes que florecen en abril, los quesos de granja, los suecos. Tú también conformas la patria, tú también eres paisaje corriente. No te hundas en los pantanos con el peso de tu fama, mantente a flote y continúa exponiendo las virtudes y pecados del hombre.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Impresiones europeas: Bruselas.


A la Bruselas de cristal, de rascacielos vidriados, se le enfrenta la de castillos de roca, mármoles y oro, pero también la de casas coloridas, finas, inclinadas y esbeltas. Eres una matrioshka repleta de sorpresas fascinantes, combinación armoniosa entre lo natural y lo artificial.
Te haces la modesta, pero vendes tu arte y tu ciencia en puntos bien estratégicos. Difícil parece que destaques del resto de tus hermanas, pero no por ello das el brazo a torcer. ¡Que no falte flores sobre ningún farol de tus avenidas ni quede hoja rebelde en tus jardines! La pulcritud es tu bendición; la humildad, tu don.
Degustarte es un manjar y has hecho de ello una obra maestra. Chocolates y cervezas como nadie ha visto; hasta ahora nadie ha seducido mi paladar como tú.