martes, 31 de enero de 2017

La Firmeza.

Como su nombre lo indica, en aquél pueblo de Santiago todo permanece erguido, recto, alzado, rígido, firme. Las humildes casas de ladrillo y material, si bien parecen destartalarse por el correr de los años, no ceden a los terrosos vientos cálidos ni a las amenazadoras lluvias traicioneras. Los árboles, de enclenques troncos y raíces de dudosa extensión, gozan de una extraña verticalidad nunca antes vista por sus primos urbanos, que prefieren la oblicuidad para competir con los imponentes rascacielos. Los animales rara vez se dejan arrastrar por el recalcitrante placer de las siestas tardías y los hombres y mujeres prefieren la contemplación del paisaje a la sombra de alguna construcción mientras mantienen las manos y las bocas ocupadas con mates dulces y tortillas. Sólo los más jóvenes ansían la compañía numerosa de sus pares para jugar largas jornadas de fútbol al mejor estilo del potrero, como quien se burla del poderoso Febo ostentando una efímera adolescencia. Es que, para poder tener contacto con otro ser humano que no pertenezca al núcleo familiar, las gentes del pueblo deben recorrer kilómetros y kilómetros de empolvadas carreteras de arena desértica y, aun así, el lugar sólo está compuesto por unas veintitantas familias.
El punto de reunión predilecto es la escuela municipal Nº 1005, que cuenta hasta el momento con primaria y un salón destinado para el jardín maternal que todavía no ha sido estrenado por ninguna generación de infantes. Los chicos más afortunados logran llegar a clases por medio de motos adaptadas para resistir el terreno hostil; los menos, caminan cabizbajos la distancia que sea necesaria por el monótono paisaje santiagueño sin siquiera chistar. Pocos son los que logran continuar sus vidas en la pequeña ciudad de Monte Quemado; algunos consiguen adaptarse a la ajetreada y perniciosa vida de Buenos Aires, pero a un costo muy alto.
Las raíces en La Firmeza son superficiales pero sólidas: respeto por la propiedad ajena, amor por la familia, solidaridad hacia los extraños, esfuerzo en el trabajo, conmiseración para los difuntos y obediencia hacia los maestros. La forma de vida allí no ha sido modificada en gran medida por los avances tecnológicos, ya que las señales telefónicas no consiguen penetrar en el monte. Pocas casas cuentan con televisión por cable que apenas es utilizada para presenciar los partidos de fútbol. La mayor fuente de información corresponde a las radios cuya única emisora proviene de la ciudad.
Cuando no se escucha el metálico sonido de los aparatos de radiodifusión, las voces de los animales ocupan el espacioso silencio. Vacas, toros, burros, cerdos, cabras, ovejas y gallinas erran libremente por la zona; cada uno sabe volver a su paraje y extraña vez se pierden o desaparecen por la gracia de algún oportunista. La otra fuente de sustento asegurado es, sin lugar a dudas, la tala de quebracho, guayacán y mistol, entre otros carbones vegetales, para los cuales el clima y el suelo son propensos. La agricultura, por el contrario, no es una empresa confiable, ya que el bien más preciado del cual carecen los habitantes es el agua, en especial la potable.
La obtención de agua es lo que vuelve más rudimentario el modo de vida en La Firmeza. Por supuesto que la falta de manutención de las rutas de arena fina y tierra seca demora el traslado de la ciudad al pueblo y viceversa; pero ni siquiera la falta de luz eléctrica resulta tan perjudicial ni conlleva tantos contratiempos como la escasez de agua. Las personas disponen de lo suficiente como para beber y preparar los alimentos, pero el aseo y la higiene permanecen relegados a un segundo y hasta un tercer plano. De esto se desprende que el nivel de mortalidad del pueblo sea relativamente alto a pesar de ser longevo. Ningún profesional vive en La Firmeza y todo depende de los recursos personales, la capacidad de traslado y la gracia divina.
Fue allí que un grupo de misioneros, entre alumnos y docentes de una escuela de Buenos Aires como cualquier otra, fuimos a parar por una semana con el fin de ayudar y contribuir en todo lo que estuviera a nuestro alcance. Nos recibió una finísima cruz estacada en el suelo, incapaz de sostener a ningún mártir. Esa cruz resultó ser más firme que la voluntad de los recién llegados que fuimos embestidos por el modo de vida, las historias y la bondad de aquella gente. ¿Qué podíamos hacer frente a aquél paisaje, desolador para nosotros, pero habitual para ellos? Sujetos que desconocíamos la falta de luz, de agua, de higiene, de paredes para vivir, de camas para dormir, de duchas para bañarnos, íbamos con la esperanza de hacer un bien a esas personas con tan solo algunos víveres, ropa y una semana de tiempo. Pero el daño más grave no lo profirió la impotencia, sino la fraternidad de los habitantes de La Firmeza. Sin moverse de sus hogares, sin cambiar su actitud, sólo siendo quienes realmente son, lograron misionar en nuestros corazones por una semana más de lo que nosotros podríamos haberlos ayudado en toda una vida de esmero y entrega. Ahí, descubrí, radica el poder de La Firmeza: el de demoler espíritus, sensibilidades, mitos, presupuestos, falsos ideales.

domingo, 29 de enero de 2017

Hemisferios.

Pintas paisajes de nube con las manos;
tu lienzo son el cielo y el río,
tus colores las aves y el rocío.

Trazas biciclos surcos en mi cabeza.
Pensamientos que callan nuestros dedos entrelazados
embelesan mi mente con juegos prohibidos.

Si escribo al son en que compones tus compases,
no me cabe duda:
                             a vos te sobran alas y a mí razones para volar contigo.

domingo, 24 de julio de 2016

El ascenso.

-Empezá a calentar, pibe, que en cinco minutos te meto a vos.
Había llegado el momento. Debían de notárseme los nervios en la cara, porque el entrenador agregó “relajá, jugá como hasta ahora. Olvídate que te están viendo”. Era así, si lograba dar vuelta el partido, era fija que me pasaban a primera división. Ese era mi sueño desde pibe, jugar codo a codo con los grandes, y estaba a dos goles de conseguirlo. No parecía imposible. Faltaban quince minutos para que terminara el primer tiempo más el alargue y el partido iba 3 a 2. Bastante pareja la cosa. Me levanté del banco y me eché unos piques. Ni bien la pelota se fue a un corner, el entrenador hizo los cambios: sacó al 9 y puso al 12. Cuando me pasó por al lado, vi que se frotaba un muslo. Uno de los defensores le había barrido la gamba con el botín para evitar que se acercara más al arco; la pelota salió de la cancha y el saque fue para nosotros, pero el árbitro no le cobró nada. Ahora entraba yo, tenía la oportunidad. Era un gol de cabeza asegurado. Lo había practicado mil veces, no me podía fallar. La pelota salió de la esquina y dibujó en el aire una hermosa comba, golpeó levemente mi frente y entró en el ángulo izquierdo del arco.
-¡Gooooooooooooool!, ¡Goooooooooool de Huracán!
-Y nada más que de la promesa juvenil, el petiso Jara. Sabia decisión la del entrenador.
-A treinta segundos de entrar en el campo, logra nivelar el resultado del partido. Huracán 3, Rosario Central 3.
Ahora lo que tenía que hacer era quedarme tranquilo el resto del partido y esperar al segundo tiempo. Era fácil decirlo, pero estábamos jugando de visitantes y la hinchada estaba heavy. El mes anterior ya habían multado al club por disturbios a la salida de un partido y parecían no haber cambiado de actitud. La seguridad era bastante pobre ya que se trataba de un partido de segunda división, pero la tribuna igual hinchaba como si se tratase de un superclásico. Terminó el primer tiempo y nos fuimos a descansar. Entre los muchachos empezamos a masajearnos los gemelos. Me acordé de mi vieja, que se lavaba las patas en una palangana con agua y lavandina. De chico, sin que se diera cuenta, le observaba las várices y jugaba a trazar el camino que recorrían. Cuando no estaba haciendo dobladillos a pantalones ajenos o cambiando cierres rotos, estaba fuera de casa lavando pisos de ricos. Como a mi viejo nunca lo conocí y mamá no tenía tiempo para ocuparse de nosotros, le tocaba al Gena ocupar el rol de padre. Cocinaba cada tanto, siempre lo mismo: unas pizzas, unos fideos pegados, un arroz hecho puré o unas milanesas mal rebosadas. Ninguno nos quejábamos, porque era lo único que sabíamos comer salvo que surgiera algo fuera de casa. Pero hacía mil que no lo veía al Gena; lo metieron en la cárcel de Ezeiza por jugársela de puntero político y ahora anda con los más pesados ahí adentro. No me puedo olvidar de la cara de mamá cuando el Gena le mostró el primer fajo de guita que le habían dado por “hacer trabajitos para el intendente”; fue casi lo opuesto a la cara que tuvo cuando le dijeron que la cana se lo había llevado por cobrar coimas en muchos locales del municipio, algunos incluso del barrio. Mamá no se animó a dar la cara por meses, no se animaba a que la reconocieran por la calle y le dijeran barbaridades de su hijo el mayor.
-¡Comienza el segundo tiempo! Los jugadores se ponen en sus lugares y saca Rosario Central.
La formación era defensiva: 5-3-2; el entrenador confiaba en que el otro delantero y yo podríamos hacer todo el trabajo duro. Y no estaba errado. El equipo contrario era una manga de muertos. Si a eso le sumaba que yo seguía fresco por haber jugado poco, el resultado ya estaba asegurado. Pero me di cuenta al toque de que jugaban sucio: metían trabas, empujaban, agarraban de la camiseta, metían mano y codo. Más que un partido oficial, parecía que volvía a jugar en el potrero a los diez años. Fue a esa edad que se murió el Titi. La versión que pudimos reconstruir gracias a la ayuda de varios testigos es que había salido del colegio a la misma hora de siempre; caminaba tranquilo por la calle cuando unos motochorros que iban a los piques se lo llevaron puesto. A los chorros no les pasó nada, fue el Titi el que se llevó la peor parte. La cabeza le había dado de lleno al cordón y estuvo en terapia intensiva cinco meses. Jamás se repuso de esa. Mamá no sabía cómo consolarlo al tío Emilio y es hasta el día de hoy que el pobre se mata lentamente tomando alcohol. Yo me acuerdo patente todavía del velorio del Titi; yo era pendejo todavía y recién entraba a jugar como profesional. Me había causado mucha impresión el cajón: nunca había visto uno tan chiquito. Parecía un baúl o una mesa ratona, no podía creer que ahí estuviese el Titi. Pero vi que la pelota llegaba a donde estaba; el arquero me había dado un pase largo. La bajé al piso y empecé a correr. Esquivé al mediocampo, esquivé a uno de los defensores. La hinchada se estaba volviendo loca y los gritos me aturdieron tanto que no noté que el otro defensor me estaba cerrando el paso de costado. Me dio en las canillas y caí de bruces al suelo.
-¡Faul, árbitro, métale roja a ese forro! -gritaban mis compañeros.
-No fue intencional, sigan jugando.
-¿Cómo que no fue intencional? ¿Es ciego o juega para ellos? ¡No te hagás el tarado y mírame a la cara si tenés huevos!
Quería que parara, pero el árbitro terminó sacándole una tarjeta amarilla a nuestro 5. Suerte. Un poco más y le ponía roja de no ser porque intervino el arquero. El partido se estaba poniendo heavy. Era fija que el árbitro tiraba para el otro equipo. El entrenador me preguntó si estaba bien, si podía seguir jugando. Le dije que no se preocupara, que todo marchaba sobre ruedas. Sacamos nosotros; estábamos peligrosamente cerca de su arco. El pase que me hicieron fue perfecto, pero no quise cabecear. En cambio, metí un cortito de rabona que fue demasiado sencillo de atajar. “Qué lindo bailás” me dijo Tamy en su cumple de quince cuando bailamos el vals. Esa tarde, la mamá le había alquilado el salón del polideportivo y se lo había decorado con telas violetas; mamá la ayudó durante toda la semana con la comida y la torta. Ella usó un vestido prestado que era de una amiga del colegio, pero igual le quedaba pintado. Yo desde primaria le había puesto fichas a la Tamy, pero ella ni bolilla, se me hacía la difícil. Después logré superarla, pero cuando bailé aquella vez con ella y la tuve tan cerca de mi cara, me volvió el viejo sentimiento al pecho. Lamentablemente, tuve que dejar el colegio para seguir mi sueño de jugar en Huracán; a la Tamy no la vi por un largo tiempo. A los dieciocho me la crucé una vez yendo para el entrenamiento; casi me muero cuando la vi con un pibe de seis meses en brazos. “Yo también tuve que dejar, ahora me tengo que ocupar de él”. Lo más triste no fue el chiquito, sino que tampoco tenía padre, porque el padre fue cosa de una sola noche a la salida de un baile y no lo volvió a ver, no tuvo forma de contactarse. Mamá siempre dijo que le hubiera gustado tener una nena, al menos una, pero tenía miedo de que le saliera trola como a la vecina, que se iba a atorrantear por ahí todas las noches y hasta a veces llevaba hombres a la casa. Como las paredes son finas, se escucha todo; mamá nos inventaba los mil y un cuentos cuando éramos chiquitos para que no nos enteráramos de lo que pasaba al lado.
-¡Sólo quedan veinte minutos de este segundo tiempo, señores!
Los rosarinos no daban tregua. Se los notaba cansados pero igual no dejaban jugar a nadie. Me tuve que hacer paso unas cuantas veces a los bifes, siempre corriendo el riesgo de que el árbitro cantara algo. Ya me había comido tres offside cuando al fin se me dio. Uno de los defensores se había quedado boludeando con el arquero y no se dio cuenta que la pelota venía hacia mí. Con el otro delantero nos fuimos comiendo a todo el equipo hasta que lo único que se interponía entre el arco y yo era el 1. “No me dejes sola, nene. No hagas como tu hermano. La mano viene jodida, está todo caro y yo no me las puedo arreglar sola” decía la vieja. A mí me daba una pena ella. Cuando dejó de bancarla mi hermano, me tocó a mí pagar los platos rotos. Hubo un tiempo que tuve que salir a cargar bolsas hasta que empecé a ganar unos mangos con el fútbol. Casi no dormía: a la madrugada acompañaba a los comerciantes del barrio al mercado central y a la tarde iba a entrenar. Así todos los días, incluso algunos fines de semana. “No puedo, nene, mirá lo que nos vino de gas y todavía no estamos en invierno”. Entre mis compañeros siempre hubo un poco de pica. Reconozco, es verdad, que soy uno de los mejores jugadores. Pero mi desesperación por el ascenso no es la fama ni el lucro, todo es para ayudar a la vieja así no tiene que laburar y se jubila de una vez por todas. Esa parte de uno es la que no cuentan. Míralo a Tévez, el flaco salió de la villa, hizo lo imposible. Gracias a él yo tuve esperanzas de una vida mejor, de escapar del destino que les había tocado a mi hermano y a mis vecinos. Ese partido representaba para mí la diferencia entre ser un winner y un cualquiera, una vida tranquila y la vida puerca.
El otro delantero me levantó la pelota, que pasó por encima del arquero. Yo en el área atiné a tocarla con frente, pero sentí que algo más duro que una pelota de fútbol me daba en la nuca. Poco a poco fui perdiendo la visión y el equilibrio, los gritos de la hinchada se hicieron confusos pero llegué a escuchar el silbato del árbitro unos disparos de la policía. A la semana me desperté en el hospital. Al lado mío estaba mamá llorando, contenta porque había despertado. “No te aflijas, bebé. Agradecé que estás bien. Alguien de la tribuna te tiró un botellazo. No te aflijas, bebé. Lo importante es que estás sano. El partido fue suspendido, lo jugaron de nuevo hace dos días”. Pero no era eso lo que quería escuchar. La vieja se dio cuenta, hasta que por fin cobró coraje y me dijo:
-Pero la pelota no entró.

miércoles, 15 de junio de 2016

Lejanías.

A Luis Fuente

Durante el segundo cuatrimestre de dos mil catorce, es decir, durante el período que abarca los meses agosto a diciembre aproximadamente, llegó desde el primer mundo un estudiante español, interesado por la literatura argentina del siglo XX. La disponibilidad horaria, la oferta de materias y sus intereses lo obligaron a cursar Teoría y análisis literario y dos seminarios.
El destino, que es cruel, lo ligó desde chico a esta región alejada de la Historia del Mundo. A una temprana edad se le advirtió el desprendimiento de una de sus retinas y la progresiva precariedad y disminución de su visión. El tema de la ceguera atravesará toda su poética y sentirá un gran afecto por el tímido escritor nacional erudito, también no vidente, ganador del premio Cervantes. 
Lo conocí, entonces, en un seminario sobre transgenericidad. Yo estaba a un año y medio de terminar la carrera, mientras que él, un año menor que yo, la terminaba ese mismo año. No importa, este no es espacio para quejarse sobre la extensión de las carreras de la Universidad Pública.
Fueron necesarias sólo dos palabras, dos intervenciones, para que él y yo, junto con otro grupo de compañeras, conformáramos el cuerpo crítico del seminario, ya que, si hubiera sido por el resto de los inscriptos, de eso habría resultado tan sólo un monólogo.
Dejaré nuestras charlas a un lado y guardaré nuestras cervezas para otro momento. Lo que me importa aquí es otro hecho, mucho más curioso y misterioso.
Él era escritor; yo, también. Típico de estudiante de Filología y de Letras, respectivamente. Él escribía en una libreta de cuero negro de tapa blanda, hojas amarillentas, letra cursiva, aplastada, espaciosa, casi un trazo, siempre con tinta también negra. Yo, al contrario, continúo siendo terriblemente económico. Letra compacta, escurridiza, aprovechando al máximo todos los espacios disponibles, pero también siendo extremadamente ordenado hasta el hartazgo; incluso esto lo estoy escribiendo en cinco o seis páginas diferentes.
Mi libreta, un regalo de cumpleaños de una amiga del secundario que todavía no había aprendido a encuadernar y debió comprarla a las afueras de la Facultad de Arquitectura, Diseño e Indumentaria, contiene tres tiras de colores a modo de separadores, lomo y contratapa negros, un elástico rojo que oficia de cierre y, en la tapa, una porción de un mapa físico y político de España.
Como decía, en una de tantas clases saqué mi cuaderno para anotar algo (una idea, una intuición, un pensamiento). Mi colega, por aquel entonces, y ahora amigo vio con asombro mi libreta y no pudo sino pedírmela para inspeccionarla. Allí estaba. A cientos de miles de kilómetros vino a dar con un mapa de su tierra natal donde, justamente, se anunciaba el triángulo que delimitaba su hogar. Hurgó en su bolsillo hasta encontrar su lapicera negra, me miró y, con la mirada sostenida, me pidió permiso.
-Adelante -contesté a una pregunta que nadie había formulado.
En la esquina superior derecha de mi cuaderno, entre los nombres de Peñafiel, Cuéllar y Boceguillas, escribió el nombre de Valtiendas. Esa profanación aún perdura en la tapa de este cuaderno y la atesoro como si fuera el primer día.
Cuántas veces nos alejamos de casa, conocemos culturas y modos de vida distantes, para, finalmente, reencontrarnos con el sitio que nos vio nacer y florecer. Una vez, un español encontró su hogar en un cuaderno en Argentina; yo ahora encuentro el Delta en el Paraná. ¿Qué o quién me asegura que, el día que parta nuevamente, no encuentre a mi Tigre en un cuadro de París, una baldosa de Bruselas, un edificio de Nueva York, una estatua de Tokio o una pirámide de México? El conocimiento de tan solo uno de los símbolos de Dios implica la comprensión del resto de la totalidad. Quizás, en alguna parte del globo, él esté esperando para que lo encuentre.

Semestre y Branca.



Alta en el cielo, estela argentina.
Audaz se eleva, flameo celestial.
Azul un ala, mi dolor te niego.
A su lunada, líbranos del mal.

Bandera nuestra, si pudieras vernos,
temo que sufras por tu ideal.
Si tu padre viera, lo que hemos hecho,
¿sería orgullo o pena lo que sentiría hoy?

Perdónanos, prócer, porque hemos pecado
de valientes y altaneros, de cobardes y guerreros.
Fuimos la patria chica, somos la patria grande,
tan grande que hasta abarca mucho más que la Argentina.

[Rosario, Monumento a la Bandera, 2016]

domingo, 28 de febrero de 2016

Morro.



Los labios del Golem milenario,
erosionados por la naturaleza primigenia,
devoran en sus blancas fauces
las picadas corrientes del océano.

El ensordecedor wish-plash de las olas
marea las conciencias de hombres y mujeres
cuyos colores y pliegues grafitean el raso paisaje.

El aliento de la bestia colosal es
refrescante y unidireccional;
aunque quiera cesar, su voluntad no se lo permite.

Está condenado a mantener su boca abierta
para que las personitas habiten,
transitoriamente, una estación de sus vida.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Los Hombres de la Bolsa.

¿Es posible escribir un relato sobre la nada? No, mejor reformulo mi pregunta: ¿es posible escribir un relato sobre el vacío? Sí, mucho mejor. Quiero decir, un relato sobre la nada sería absurdo, porque la nada es un concepto definible pero irrepresentable; es decir, cualquier intento de representar la nada iría en contra del concepto de nada. Incluso la página en blanco es “algo”: es silencio o acumulación infinita de ruidos o sentidos o como quieran llamarlo. No, representar la nada es imposible, o sea, es irrepresentable. A la nada me refiero.
En cambio el vacío, ¡oh, divino vacío! Cuántas facilidades y beneficios traen tu representación. ¿Y por qué digo esto? Porque el vacío siempre (¡SIEMPRE!) hace referencia al contenido y nunca a la forma. Esto es muy sencillo de demostrar, y más aún de explicar, y sería todavía muchísimo más fácil de graficar, pero no me tomaré esa última molestia porque soy pésimo dibujante. Por el contrario, soy muy bueno explicando. Explicar es una de mis pasiones, incluso explicar cosas sobres las cuales no tengo ni la más remota idea. Por ejemplo, cómo funcionan los caloventores o por qué los relojes de los celulares siguen funcionando a pesar de no disponer de una gota de energía en sus baterías. Pero nos estamos yendo por la tangente, volvamos a lo que nos compete.
Una forma jamás (ja-más) puede ser vacía; sí, paradójicamente, puede estar vacía, lo cual no es lo mismo -no es soplar y hacer botella- salvo en el Inglés y en otras lenguas como el Francés donde “ser” y “estar”, a mi entender, comparten el mismo verbo: “to be” (esto en el caso del Inglés, por supuesto). Pero pocos se han encargado de profundizar en el asunto y muchos menos se han detenido a problematizarlo. Tomemos por caso la famosa frase de Shakespeare en Hamlet que es repetida hasta el hartazgo: “To be, or not to be, I there's the point” o “To be, or not to be, that is the question” o “To be, or not to be, that is the Question”, porque, para aquellos que no estaban al tanto, existieron tres versiones de la famosa frase: la primera versión cuyo segundo hemistiquio cambia drásticamente con respecto a la segunda y a la tercera, las cuales sólo varían en una mayúscula. Pero creo que me estoy alejando nuevamente del punto. Retomando, la famosa frase del soliloquio del príncipe Hamlet es traducida y parafraseada como “Ser o no ser, he aquí la cuestión” o “el asunto” o “el problema” o “la mar en coche”. Mientras que todos hacen hincapié en “the question” nadie se pregunta tristemente por el verbo “to be”. ¿Tan obvio puede ser el hecho de que “to be” deba traducirse por “ser” y no por “estar”? ¿Qué ocurriría si, luego de siglos y siglos de haber traducido “ser” en lugar de “estar”, alguien (un pelafustán sin duda alguna) encontrara un papelote firmado por Shakespeare u algún otro que se hiciera pasar por él donde aclarara para las futuras generaciones que ese “to be” debe ser entendido como lugar y no como esencia? La traducción quedaría algo asi como: “Estar o no estar, he aquí la cuestión” o “el asunto” o “el problema” o “la mar en coche” como ya dije. Y el resto a nadie le importa, porque lo único que recuerda el populacho es el primer verso y gracias, a otra cosa.
Como les iba diciendo. Tema: la forma. Bien, toda forma puede estar vacía mas no así serlo. “¿Cómo es esto posible, profesor?”, me dirán. Pues bien, es muy sencillo. La forma es una figura bidimensional (en el caso de que estuviera proyectada sobre dos dimensiones) y tridimensional (si lo estuviera en tres), pero en dicho caso ya no recibiría el nombre de figura sino el de cuerpo. Para el caso nos da lo mismo, incluso podríamos agregar más dimensiones de resultarle incómodo a los lectores disconformes. Continuando, toda forma consta mínima o máximamente de un grosor, sin el cual no existiría. Piénsese dicho grosor en las medidas, masas, pesos y volúmenes que se deseen, pero, de no existir cierto grosor que forme -valga la redundancia- la forma, ésta[1] no existiría. Pongamos por caso un buque o una caja. ¿En qué se asemejan ambos? En que los dos, uno y otro, tienen forma. ¿Forma de qué? De buque el primero y de caja el segundo. Ahora bien, en tanto que el buque y la caja tienen forma de lo que son, en cuanto a contenido están vacíos de algo.
A esta altura podría reprochárseme que ambos contienen aire; a esos los miro directo a los ojos y los hecho a patadas de… de… la lectura, supongo. Así que esos que me reprochan aire están invitados a abandonar la lectura y a volver cuando se les hayan bajado los humos de viveza. Porque acá estamos intentando hablar seriamente, en términos y con mecanismos científicos. Y la ciencia, como se sabe, trabaja con condiciones ideales previamente pautadas por el o los científicos y yo pauto desde ahora que el aire no existe para el buque ni para la caja ni para todos los presentes aquí. No obstante, los lectores recuerden respirar de vez en cuando.
Como decía, aunque a esta altura del discurso ya podría incluirlos también. Pues como íbamos diciendo, la forma necesita necesariamente de cierta esencia para existir; mientras que el contenido es algo accesorio, casi diría accidental. De allí se desprende que sea posible concebir un relato sobre y acerca del vacío. Más aún, me atrevería… nos atreveríamos a decir que es completa y fácticamente viable e incluso ne-ce-sa-rio construir una poética o estética (dejo la elección del término a cargo de los lectores) del vacío.
Vacío, reiteramos, entendido como pura forma sin contenido, es decir, sin aire ni nada que se le parezca, porque existen muchas cosas similares al aire. Pero entonces habríamos de preguntarnos qué debe entenderse por “vacío”. Es hora, pues, de esbozar una definición aproximada de lo que los lectores y yo entendemos por dicho término, definición que, como es de esperarse, irá reformulándose hasta alcanzar una forma casi perfecta al final de esta demostración para dejar en vergüenza absoluta todo lo anteriormente dicho, lo cual hará pensar a los lectores (mas no a mí) que han perdido su valioso tiempo leyendo una sarta de confusas premisas y reflexiones en lugar de haberse dirigido directamente a la última oración del último párrafo de la última página de estos papeles.
Veamos entonces. Vacío, primera definición: la que se encuentra en los diccionarios, cosa que no me molestaré en transcribir para no facilitarle la tarea al lector. Vacío, segunda definición: suma de todas las cosas que vinimos diciendo hasta este punto sobre el mismo. Vacío, tercera definición: método más efectivo y fidedigno de representar la nada y que aún no es lo suficientemente adecuado para hacerlo, como si de una asíntota matemática se tratara. Entonces, recapitulando, el vacío es el modo más certero aunque fútil que tiene el ser humano para encarar una representación perfecta en su imperfección sobre la nada. Pero, como el vacío no alcanza a ser nada, donde hubo fuego, cenizas quedan. Es momento, quizás, de ampliar esto que vengo diciendo (sí, el crédito es mío; además, la escritura en coautoría me resulta insostenible) con un ejemplo.
Supongamos la existencia, en el mundo real de la ficción, de un sujeto X o Y (K no ha de ser porque alguien ya ha usurpado con creces dicha letra). Para no ser calificado de descorazonado pongámosle por nombre Anodino y por apellido… bueno, dudo que existan muchos Anodinos en el globo como para confundirlo con otros. En fin, ya tenemos a nuestro sujeto de pruebas… digo, protagonista; mejor sujeto a secas, si quiere ocupar el rol de protagonista deberá ganárselo. Será a partir de él que no solo propondré, sino que también demostraré con absoluto éxito la posibilidad de confeccionar una literatura dedicada enteramente a la temática y problematización del vacío entendido en términos estéticos. Mi Anodino no será menos que otra Macabea, otra Alina Reyes, otra Olimpia; curiosamente, quizás sea el primero de una larga lista de casos masculinos en contribuir a dilucidar esta cuestión del vacío en la literatura hasta que por fin triunfe la imposibilidad de representar la nada misma, ¡la forma sobre el no-contenido!
Entonces, está este individuo llamado Anodino, hijo de un hombre que vivió toda su vida mucho antes de que se le acabara y que a la edad de cuarenta años no salía de su cama más por parásito que por parapléjico y de una mujer que inyectaba sus tímpanos con música, sus corneas con novelones y su cuerpo con cremas humectantes y trabajo, y que únicamente descansó durante las pocas horas previas y posteriores al trabajo (¡más trabajo!) de parto.
Todos los hombres tienen derecho a un pasado. El de Anodino pasó rápidamente sin muchos sobresaltos. Se egresó del colegio secundario; adquirió el título de perito mercantil, aunque sus conocimientos y habilidades siempre estuvieron por debajo del grueso de sus compañeros. Este hecho le permitió transitar por numerosos pequeños trabajos de escasa remuneración dentro de los cuales nunca tuvo la posibilidad, ni siquiera remota, de ascender o escalar. Ya a los veintitantos años de edad debió empaquetar sus sueños de grandeza (si es que alguna vez los tuvo) y hacerse cargo del negocio de su padre quien, como ya se vio, quedó imposibilitado de continuar con su labor.
El local, ubicado estratégicamente en pleno centro de la ciudad, exponía en la fachada un cartel despintado por la diaria confrontación con el sol en el cual, con un poco de esmero, aún podían leerse las palabras “EL COMERCIO DE LA BOLSA”. No hay que ser un Einstein para comprender a cuento de qué venía ese nombre tan poco marketinero. Anodino era el patrón y el único empleado del local. Cumplía las funciones de cajero, encargado, contador, repositor y hombre de la limpieza, básicamente todos los cargos que el oficio de un vendedor de bolsas puede ocupar. No nos detengamos en el inventario completo de los productos disponibles y a la venta que había en el local, simplemente digamos que Anodino y su familia vendieron, venden y venderán bolsas hasta el final de sus vidas y que el único propósito que una bolsa persigue, sea del tipo que sea, es contener algo.
Pasemos ahora a realizar una descripción introspectiva de Anodino. Como el lector podrá inferir, un hombre como Anodino no puede sino ser menos que un hombre. Su vida se reduce a la expresión “de casa al trabajo y del trabajo a casa”. Sí, por supuesto, tiene su grupo de amigos; sí, por supuesto, ha tenido pareja o algún encuentro sexual (¡orden, orden en la sala!) fortuito en algún momento también fortuito de su vida. Pero lo importante es el presente y nada más que eso, right now. Anodino trabaja ocho horas diarias, duerme ocho horas diarias y utiliza las otras ocho horas diarias para comer, acicalarse, intercambiar opiniones con sus pares y caminar de un sitio hacia el otro. Este es uno de los pocos puntos a favor en la vida de Anodino quien jamás desaprovechó ninguna oportunidad de ejercitar sus piernas. Del trabajo a su hogar hay exactamente cuarenta y tres minutos a paso de hombre (cuarenta y ocho si los semáforos le juegan en contra a uno); de esto se desprende que su sistema cardiovascular no corre ningún riesgo de sufrir un infarto o cualquier otro tipo de contratiempo. Pero prosigamos, que ya bastante tedioso es dedicarle tanto tiempo a un ser banal por donde se lo vea.
El hecho es que Anodino no se interesa por nada, no piensa en nada, está, como se dice, vacío por dentro. No siente, no especula, no tiene hobbies, ni favoritismos, ni preferencias. Es el perfecto cascarón de un ser humano, sin clara ni yema. Cualquier conversación que alguien pudiera entablar con él sería poco productiva, por no decir espantosamente aburrida e inconsistente. Anodino es de esos sujetos que realiza el menor de los esfuerzos posibles para así acumular la mayor cantidad de energía. Para qué un individuo como éste querría guardar fuerzas es otro asunto que no nos compete, habría que preguntárselo a él que, por ser solo un ser de papel producto de una verdadera imaginación humana, no sabría responder. Anodino actúa sin razonar, hace sin reprochar, es un autómata, un robot, mezcla de hombre y máquina, lo que se dice un androide, pero sin todos los beneficios ni la parafernalia de uno.
Un día con condiciones climáticas favorables (un día cualquiera dentro de la vida de esta piltrafa humana), mientras Anodino se mantiene… ¿meditabundo? No, no sería propio de él… ¿pensativo? No, hemos dicho que no piensa; en fin, postrado sobre el mostrador. Un día cualquiera en cualquier época del año mientras Anodino se mantiene postrado sobre el mostrador, vislumbra por la vidriera, que se encuentra a una distancia considerablemente cerca como para ver qué es lo que está acaeciendo en el mundo exterior, a un hombre; un hombre sucio, roñoso, mugriento, ennegrecido por años de convivir con la basura y de dormir en las calles bajo las condiciones más adversas y desfavorables que uno se pueda imaginar. Lo que la gente corriente rotularía bajo el título de vagabundo o indigente, y algunos aún más cizañeros lo llamarían peyorativamente linyera, croto o pordiosero. Este hombre, dicho sea de paso, es claramente un “hombre de la calle” con todos los rasgos que conforman a los de su especie: el mal olor, la vestimenta andrajosa, la boca desdentada y podrida, los pies desnudos, las uñas largas, la piel oscura quemada por el sol y el frío, los cabellos largos que se confunden entre el blanco de las canas y el negro de vaya-uno-a-saber-qué. En fin. Eso, no se diga más.
Anodino divisó al… señor indigente que estaba revisando un volquete perteneciente a alguno de los locales vecinos, pero que Anodino muy amablemente permitió que lo depositaran -dentro de un período de tiempo razonable- frente a su local. Anodino fijó su mirada sobre este hombre un buen rato mientras escudriñaba en los escombros. Casi imperceptiblemente, el hombre sacó algo del volquete (un objeto o más bien un pedazo de un todo) y sin darle tiempo a Anodino de distinguir qué fuera eso lo metió en una bolsa que tenía en su otra mano y de la cual Anodino no se había percatado en un principio. Esto sorprendió a Anodino; a esta altura del relato el lector sabrá perdonar mi torpeza de dotar de cierta sensibilidad a mi personaje de la cual antes carecía para hacer más amena su labor y avisparlo de que algo novedoso está a punto de ocurrirle. Decía, Anodino se sorprendió tanto al ver al ciruja… al homeless ocultar algo con tanta rapidez y practicidad en su bolsa, la cual no parecía ni más llena ni más vacía que antes, que no podía salir de su asombro. Intentó prestar mayor atención a los actos del hombre, sin conseguir mejores resultados. El gesto se repitió tres o cuatro veces más.
La bolsa, a pesar de todo, se mantenía en su posición original, ni muy llena ni muy vacía, pero al ras del suelo, lista para ser arrastrada. Sin embargo, una vez acabada la busca, el hombre alzó su bolsa y la calzó en su hombro. Fue en ese gesto que Anodino comprendió por qué le llamaba tanto la atención aquél ser callejero. Recordó las historias que su madre y otras señoras paquetas suelen contarles a los chicos cuando se portan mal; menos que historias son personajes que podrían protagonizar cuentos populares y que en realidad lo hacen, pero ¿quién se acuerda de la historia del Hombre de la Bolsa?
Una madre sale a pasear con su hijo que le hace un berrinche tremendo por cualquier asunto; de pronto, un viejo sin techo aparece con una bolsa en la mano y la madre aprovecha la oportunidad para decirle a su hijo que si no se porta bien el Hombre de la Bolsa iría hasta él y se lo llevaría. El chico calla, no pregunta ni rezonga, es suficiente esa mentira blanca para dejarlo en el molde. Pero aquel hombre que en ese instante circulaba por la Avenida Warnes a las tres y media de la tarde frente a “EL COMERCIO DE LA BOLSA” era, tenía que ser -al menos para que la ficción surta efecto- el verdadero hombre de la bolsa.
Anodino se estremeció por un momento. Se dio cuenta de que era ese y no otro el germen de las leyendas urbanas. El momento fue más que epifánico y sus efectos no tardaron en invadir el cuerpo de Anodino. Demoró tan solo unos segundos en tomar una bolsa del montón y salir del local, no sin antes colocar el cartel de “Enseguida regreso” y dar dos vueltas de llave a la cerradura. En ese viejo, Anodino encontró su función en el mundo: ser un acólito de aquel hombre, el Hombre de la Bolsa.



[1] La forma.