jueves, 4 de julio de 2013

Llamada urgente.

Bienvenido a su casilla de mensages de Movilmás. Usted tiene 8 mensajes nuevos. Menú principal, para escucharlos ingrese uno, para guardarlos ingrese dos, para borrarlos ingrese tres, para cambiar sus opciones personales ingrese ocho. Primer mensaje nuevo: “Hola doctor Miranda, discúlpeme que lo esté llamando a su celular, pero es que llamé a su consultorio y su recepcionista me dijo que estaba de vacaciones, así que tuve que pedirle su número para hablarle pero cuando ella se negó le dije que era por una situación de vida o muerte por mi tema de salud y aceptó darme su celular. Perdón por mentir, en realidad no es tan grave el asunto pero tenía que consultarlo con usted ya que conoce mi situación y no estoy como para seguir gastando plata ni tiempo con más médicos. Disculpe las molestias, sé que está de vacaciones. Soy Marina Vázquez la señora del edema pulmonar. Me presenté hace dos meses en su consultorio y le agradezco toda la buena atención. Quería preguntarle si es posible que me cambiara algunos de los medicamentos. Usted me pidió que le avisara si tenía algún efecto contrario pero no es por eso que lo llamo. Es que le explico, usted me dio para tomarme ocho pastillitas diferentes. Me acuerdo que empecé a tomarlas enfrente suyo y me pidió que respete a rajatabla los horarios de cada pastilla. Pero cuando llegué a mi casa y vi cada cuanto tenía que tomarme algunas pastillas creí que se había confundido. Pero después me fijé en los prospectos y tenía razón usted. Pero ya me resulta insoportable. Diga que tengo el celular este que le puedo poner ocho alarmas distintas que me habisan a qué hora me tengo que tomar cada una, pero me la paso escuchando la alarma y la verdad que muchas veces me interrumpen el sueño. Quería saber si no sería usted tan amable de cambiarme los medicamentos por algunos más regulares, o por lo menos la pastillita de cada cinco horas y veinte, porque esa es la que tomo más seguido y me corta el sueño al medio. Discúlpeme por molestarlo en sus vacaciones. Mientras tanto voy a seguir tomándolas como usted me dijo. Que descanse mucho. Gracias”. Fin del mensaje.

Segundo mensaje nuevo: “Buenas noches doctor Miranda. Soy la señora Vázquez de nuevo. No quiero abusar de su buena voluntad ahora que tengo su número pero como su recepcionista me dijo que usted todavía no había vuelto me vi forzada a volver a llamarlo. No se preocupe por mí que de salud ando bien. Las pastillitas parece que me están haciendo efecto. Lo llamaba porque hay unas que se llaman, espere que me pongo los anteojos porque sino no leo un soto, “Sinlip diez rosuvastatina diez miligramos” que son para la presión que trato y trato de comprarlas pero no las encuentro por ningún lado. Vaya uno a saber por qué no las entregan, tal vez hay quilombos gremiales y no las están produciendo. Igual todavía me quedan tres cajas, pero yo porque soy preventiva, ¿vio? Quería saber si usted tiene por cualquier cosa más en el consultorio así yo un día de estos me paso. Era para eso nomás. Que tenga unas lindas vacaciones. Chau”. Fin del mensaje.

Tercer mensaje nuevo: “Buenas tardes doctor. Soy yo, Vázquez. No sé con qué cara hablarle. Sé que no puede verme pero es que me da mucha vergüenza llamarlo por tercera vez sabiendo que no está trabajando. Pero esta vez le juro que lo llamo por algo serio. Bueno, no es nada grave tampoco, al menos por ahora. Pero es que le mentí en algo. Usted me dijo que le avisara si las pastillas me generaban algún malestar o efecto alterno. Bueno, tengo que confesarle que hay algunas pastillas que me hacen ciertas cosas. Anoté en un papelito los efectos que me produjeron: una me dio náuseas, otra me dio comezón en los codos, otra me provocó cosquillas en el diafragma y otra piel de gallina. No sé si seré alérgica o algo, me veo en el espejo y no noto sarpullido ni manchas en ninguna parte. Tal vez sean ideas mías y yo esté jodiéndolo, perdón, molestándolo mientras usted disfruta con su familia. Perdón, no le pregunté si usted es casado, no es que me quiera meter en sus asuntos, pero un hombre de su edad ya debería haber encontrado alguien con quien pasar sus días. Le ruego me perdone. Espero que vuelva pronto. En el consultorio ya no me atienden, no sé si la muchacha está de vacaciones también o tiene detector de llamadas y no me quiere atender. Bueno, lo mantengo al tanto por cualquier cosa. Saludos”. Fin del mensaje.

Cuarto mensaje nuevo: “Doctor. Perdón que lo llame a las cuatro y veinte de la mañana, pero no va a creer lo que acabo de descubrir. Bueno, en realidad no lo descubrí recién. Lo vengo investigando desde hace un par de días esto que le vengo a decir. Disculpe que no se lo haya dicho antes pero es que todavía tenía mis dudas al respecto pero ahora estoy totalmente convencida. Las pastillitas que usted me dio, las ocho en total, me producen cosas raras en el cuerpo, pero rarísimas. Hay cosas que ni siquiera puedo explicarle, pero estuve anotando en un cuadernito cada cosa que sentía. Los efectos son casi automáticos cuando me tomo las pastillas y no duran más de cinco a diez minutos. No se preocupe que no son nada graves pero es cosa de no creer. Le explico por si no se acuerda. Qué se va a acordar, usted debe de tener demasiados pacientes como para acordarse de mí. Usted me dió ocho pastillas a las que llamé P1, P2, P3 y así hasta la ocho. Cuando me toca tomarme una pastilla no siento nada, el tema empieza cuando a una misma hora me corresponden dos o más pastillas. Le doy un ejemplo. La pastillita P1 y la P3 juntas son las que me generan ese cosquilleo en el diafragma que le conté la otra vez. La P2 y la P3 son las de la picazón en los codos. La P2 y la P4 son las de piel de gallina. Y los efectos se repiten cada vez que se combinan las mismas pastillas. Le sigo contando. La P5 y la P6 me dan calambres en las piernas; P7 y P8, ataques de risa; P4, P5 y P8 ¡me dan ganas de cantar la marsellesa, y ni siquiera me sé la letra! La busqué en internet y todo porque el impulso es irrefrenable. A medida que son más las pastillas los efectos parecen ser más potentes. Si combino P1, P3, P5 y P8 me pongo automáticamente a saltar como una desquiciada. Me hizo pasar un papelón en frente de mis amigas que creían que me iba a agarrar un ataque. Pero quédese tranquilo, doctor, que ningún efecto fue nocivo. Me retracto de lo que le pedí en los otros mensajes. No quiero cambiar de medicación. Estas pastillas me han dado un nuevo pasatiempo con el que mantenerme entretenida. Lo mantengo al tanto de la situación, doctor. Un abrazo”. Fin del mensaje.

Quinto mensaje nuevo: “Buenos días doctor. Lo llamo para darle el parte del día. Estuve haciendo unos cálculos para ver cuántas posibles combinaciones de pastillas hay y por ende cuántos efectos diferentes me pueden provocar. Es una pavada sacar la cuenta, aunque me costó un huevo entender lo que dice en wikipedia. Le explico, yo tomo ocho pastillas, ¿no? Bueno, si quiero saber cuántas combinaciones de tres pastillas puedo hacer de ese conjunto de ocho sin repetir en la combinación la misma pastilla tengo que multiplicar ocho por siete por seis y a eso dividirlo por tres por dos por uno. Si quiero saber cuántas combinaciones de dos pastillas se pueden hacer hago ocho por siete dividido por dos por uno y así con todas. Al final se suman todos los resultados y eso nos da el total de combinaciones. Tenemos que sacar las pastillas que me tomo individualmente que ya le dije no me producen nada en especial. Se va a caer de culo cuando escuche las combinaciones totales que se pueden hacer, lo dejo adivinar un rato… tiempo, ¡247 combinaciones distintas! La verdad me decepcioné cuando vi el resultado, esperaba un número mucho más grande como mil y pico. Doscientos cincuenta efectos me suenan que son muy pocos y ya registré cerca de cincuenta. Ahora que entramos más en confianza, Marcos, permitime tutearte. El otro día casi me muero. Me tocó tomarme las pastillas P1 y P3, que son las que te conté que me dan cosquillas en el diafragma, vos dirás en la panza, pero no, es más adentro, es rarísimo. Bueno, dejame que te cuente. Me tomé la P1 y la P3 junto con la P7. Para todo esto la P3 y la P7 juntas me habían dado… ay me muero de vergüenza contándotelo pero vos sos médico y no te va a causar impresión, me dieron colitis. Imaginate lo que pasó cuando me tomé la P1, la P3 y la P7 juntas… ¡Diarrea con ataque de cosquillas! Fue un desmadre de diez minutos eso. Pero bueno, lo peor ya pasó y por suerte no son de las que más se repiten. Así que cambiemos de tema, no quiero darte una mala impresión de guaranga nomás. Pero tengo que confesarte que hay algunas que me generan cosas que hacía años no sentía. La P4 con la P5, P6 y P8 me levantan la temperatura y la P2 con la P6, la P7 y la P8… ¡Ay, no! Me muero de vergüenza contándote esto. Mañana te llamo para avisarte qué más descubrí. La verdad que tus pastillitas hacen maravillas, Marquitos. Te mando un beso. Nos vemos a la vuelta”. Fin del mensaje.

Sexto mensaje nuevo: “Ay Marcos, no sabés qué emoción. Quiero compartir este momento con vos. Dentro de treinta segundos me toca probar la combinación P1, P2, P3, P6 y P8. Es la combinación más larga hasta ahora desde que tomé todas las pastillas juntas. Me muero por curiosidad por saber qué me van a dar ganas de querer hacer. ¿Visitar a mi hermana? ¿Leer  Página/12? ¿Escuchar el aullido de un oso polar? ¿Treparme a un semáforo? Preparate Marcos, ahí van… ¡Qué gusto a mierda que tienen estas pastillas! Y a ver cuándo aparecés vos, pelotudo. ¿Qué tenés, un mes de vacaciones? Ojalá yo me pudiera rascar la argolla como vos en vez de quedarme acá cagándome de frío y laburando como una boluda. Dignate de atender el teléfono al menos si tenés huevos, cornudo”. Fin del mensaje.

Séptimo mensaje nuevo: “Marcos discúlpame. No quise ofenderte. No fui yo, fueron las pastillas, te lo juro. Ay, no sé cómo pedirte perdón. Olvidate de lo de recién, olvidate. Te prometo que no te llamo más. Adiós”. Fin del mensaje.

Octavo mensaje nuevo: “Marcos, estuve sacando cuentitas de nuevo. Quería ver cuándo me iba a tocar tomarme las ocho pastillitas juntas otra vez. La que tomo con menos frecuencia es la P8 que es cada treinta y seis horas, y la de más frecuencia es la P1 que es cada cinco horas y veinte minutos. Pero algunas son más jodidas como la P4 que es cada nueve horas con trece minutos y la P5 cada diez horas con cuarenta y siete minutos. La verdad es que todo lo hice para probar las ocho pastillitas de nuevo. Cuando vos me las diste para que me las tomara todas juntas me hicieron sentir, no sé… joven, linda, rejuvenecida. Me sentí como que volaba, ligera. Pero ahora me siento decaída, me veo en el espejo lo gorda y vieja que estoy y quiero sentirme como esa vez que me diste las pastillitas. Para serte sincera hice un poquito de trampa, a veces me tomaba las pastillas un poco antes o después de tiempo porque no calzaban con las otras y para ver qué me hacían. Pero, vos también qué querés, si también algunas tienen unos horarios de miércoles. Te decía que hice la cuenta para ver cuánto faltaba para tomarme todas las pastillas juntas otra vez y… y… no pude, la calculadora de casa es muy chota y salí a comprar una de esas científicas y tampoco pude y probé con la computadora y los resultados me daban con coma y punto y no entiendo el sistema yanqui de mierda este y busqué en internet pero no encontré la solución. Pero seguro que la solución es eterna, tan larga como pensaba que iban a ser las combinaciones, una serie infinita de números que no me alcanzaría esta vida entera ni siete vidas más para decirte. Así que te pido disculpas, pero voy a ir en contra de tu petición y me las voy a tomar todas, así, de un saque. Necesito sentir ese fuego de nuevo, necesito sentirme mujer, sentirme humana. Perdón…”. Fin del mensaje. Ese ha sido su último mensaje. Para repetirlos ingrese uno, para guardarlos ingrese dos, para borrarlos ingrese tres. Los mensajes han sido borrados. Usted no tiene más mensajes.

jueves, 13 de junio de 2013

El silencio de las totoras.

Desde chico que tengo afición por armar rompecabezas. El más sencillo que armé tendría unas diez o veinte piezas, mientras que el más grande, que todavía conservo, tiene unas quinientas y es la imagen de una calesita con un caballo blanco en primer plano. Los primeros rompecabezas que armé eran de dibujos animados. Los que no eran de Dragon Ball o de Disney siempre tenían imitaciones de los siete enanitos volviendo a su casa luego de trabajar en las minas o de pinocho siendo engañado por los zorros para que no fuera a la escuela. Uno en particular no entraba en ninguna de estas categorías. Era el rompecabezas de un río en el cual navegaban animales antropomorfos mientras pescaban y bailaban alegremente. Lo que mejor recuerdo, sin embargo, de esa imagen es un detalle menor: una especie de arbusto ubicado en el margen inferior izquierdo del rompecabezas del cual se asomaban tres tallos que terminaban en algo así como una salchicha perfectamente ovalada y marrón que dejaban asomar apenas la punta final del tallo verde. “¿Qué es eso, pá?” “Una totora” “¿Y qué son las totoras?” “Plantas que crecen en el río” “¿Y la salchicha se come?” “¿Qué salchicha?” “La que tienen en la punta” “No, eso no se come”.
Fue el único rompecabezas cuya historia desconocía y que, sin embargo, me cautivó a lo largo de toda mi niñez. La sonoridad de la palabra “totora”, que recién durante el ingreso a mi carrera universitaria descubriría corresponde a un fenómeno denominado cacofonía, me causaba gracia e intriga. El goce que me provocaba pronunciar u oír pronunciar la palabra “totora” sólo se podía comparar con la alegría de escuchar la voz de Whitney Houston cantando “I Will Always Love You”. Era el ornitorrinco del reino vegetal, una especie de híbrido entre planta y carne cuyo nombre que le tocó en suerte dentro del designio del sistema de la lengua encerraba algo mágico e indescifrable que causaba tal curiosidad en mí; desde la forma hasta la enunciación de la palabra, fonema por fonema.

Durante un viaje en lancha, papá apuntó su dedo hacia un grupo de juncos entre los cuales se colaba, al igual que en el rompecabezas, un grupo de totoras. Le pedí a los gritos que por favor paráramos para agarrar una, pero me dijo que era peligroso porque la lancha podía quedarse atrapada en la tierra y el motor se podía romper. Le pedí entonces que paráramos un rato para que pudiera guardar en mi memoria la imagen de las totoras reales, y ahí aceptó. Pensaba que si las totoras tenían un nombre tan llamativo era porque debían hacer un ruido especial. Me quedé en silencio para escuchar el ruido que hacían las totoras. Escuché las olas chocando contra los terraplenes y la lancha, escuché el canto de los pájaros del Delta, escuché las hojas de los sauces movidas por el viento, escuché, incluso, algún que otro pez que se atrevía a saltar por encima del agua para luego volver a adentrarse en ella; pero no pude escuchar ningún sonido de totora. Cerré los ojos bien fuerte para ver si concentrándome en mi interior podía discernir algún sonido que nunca antes había percibido, pero aún así el único sonido que se había sumado al del paisaje fue el de mi respiración. Abrí los ojos y lo miré a mi papá. “¿Ya está hijo?” “Pá, ¿qué ruido hacen las totoras?” “¿Qué ruido? Creo que las totoras no hacen ruido”. Pero papá se equivocaba. Esas totoras, así como estaban dispuestas, una al lado de la otra, para que no las escucharan, para no escucharse entre ellas, para no decepcionarse de un sonido que quizás no le gustara al resto, o peor, que quizás no les gustara a ellas mismas, hacían silencio.

domingo, 19 de mayo de 2013

Objetos.


  Abrí los ojos y bostecé. Me di cuenta que por la noche había tirado a Silvina de la cama. La agarré con cariño, le pasé la mano para quitarle cualquier rastro de tierra y la dejé de mi lado para encontrarla allí nuevamente por la noche. Me llamó la atención que Joaquín no me hubiera despertado y atribuí ese despertar natural como un buen augurio para el comienzo de mi día.
  Mientras me cepillaba los dientes pensaba qué iba a desayunar. Siempre me despierto con el tiempo justo para ir al baño y cambiarme, pero como ese día me levanté más temprano de lo normal decidí comer algo antes de salir. Esteban me facilitó las tostadas; sin él tendría que usar el horno y correr el riesgo de que se me queme el pan.
  Me senté en la mesa y vi del otro lado a Amalia. Imposible no sonreír. Vi en ella a la joven de la cual me había enamorado hacía ya cincuenta años, vi uno de nuestros veranos en San Bernardo, vi el viento revolviendo su hermoso pelo lacio y sus ojitos entrecerrados con miedo a que les entrara arena. Omar me avisó que el agua estaba lista y tomé de Cristina un té con leche.
  No me entretuve más, tenía miedo de perder el tren; fui hasta la puerta y Vanesa me cubrió el cuello. Entonces, cuando puse la llave en la cerradura de la puerta, comencé a llorar, porque me di cuenta de que nunca más volvería a verlos de nuevo.

domingo, 7 de abril de 2013

La confesión.


  No diré nada. Aquél que espere encontrar algo esclarecedor en las páginas que siguen puede ir retirándose. No diré ni una palabra, y no es porque no pueda, sino porque no es conveniente. No diré que el 27 de mayo desayuné como de costumbre un cortado con dos medialunas (una de grasa y otra de manteca) a las 9.15 en el café Martínez de la vuelta de mi casa. No diré que fui con mi notebook, chequeé mi correo y esperé a que la bebida se enfriara un poco para tomarla. Tampoco diré que pagué con un billete de cincuenta ni que dejé dos pesos de propina, o sea, dos pesos más de lo habitual. Podrán creer en lo que diga el mozo, pero es su palabra contra mi silencio.
  Algunos dirán que me vieron correr hacia el cajero automático y de allí a mi departamento, pero yo exijo las pruebas; los testigos también pueden mentir. Pero nadie podrá confirmar lo que sucedió después; nadie excepto yo, que no diré nada. No diré que ese día le di franco a la mujer de la limpieza; no diré que llamé al trabajo para avisar que no iría aunque quizás haya registro de mi inasistencia; no diré que hice tiempo hasta que Helena llegó a casa a las tres de la tarde.
  Muchos amigos y familiares insinuarán que nuestra relación fue intensa y prometedora, pero esas fueron solo apariencias. No diré cómo conocí a Helena, que cinco meses atrás nos topamos en un bar de Necochea ni que pegamos onda y seguimos la relación una vez terminadas las vacaciones. No diré que a los tres meses se mudó conmigo; no diré que lo único que sabía cocinar era arroz y fideos ni diré la frecuencia con la que hacíamos el amor. Sólo diré que el 28 de mayo la policía encontró el cuerpo de Helena apuñalado en nuestra cama luego de recibir un llamado de la señora de la limpieza. Esos son hechos, y los hechos no pueden ser refutados.
  Los diarios del 29 relatan muy bien el peritaje, las condiciones en las que se encontraba el cuerpo, las reflexiones que hizo el perito presente en la escena del crimen e incluso pude ver una foto muy bonita de mi balcón en uno de estos. Pero los diarios no dicen lo que me hizo la policía, y yo tampoco lo diré. No diré que me fueron a buscar al trabajo; ni que me llevaron a la comisaría; ni que me interrogaron durante cuatro horas; ni que me mostraron el arma del homicidio que habían encontrado entre los cuchillos de la cocina bien limpia y a la vista. No diré lo que les dije, ya que no les dije nada.
  Es lógico que al ser el único sospechoso me haya pasado la noche ahí, pero no lo confirmaré. No diré que me recosté en el piso de mi celda ni que recordé lo sucedido el día anterior. No diré que había disuelto pastillas para dormir en el jugo de Helena, que esperé a que se durmiera, que me quedé mirándola fijo por una hora para asegurarme de que estuviera bien dormida, que me dirigí a la cocina para tomar un cuchillo, que volví a la habitación y que la apuñalé hasta el cansancio. No diré que me senté en la cama, la extrañé un rato y lloré desconsoladamente. No diré que a las pocas horas resolví dormir en el sillón y levantarme al otro día como si fuera uno normal.
  Para los curiosos que están interesados en conocer los motivos del crimen lamento informarles que no me encuentro en condiciones de informarles cuáles fueron. No les diré que hará cosa de dos semanas recibí un llamado anónimo que me informó que Helena se estaba viendo con otro tipo dos y hasta tres veces por semana, que a veces se veían en su casa pero la mayor de las veces se encontraban en la plaza de la estación
Olivos. No les diré que esa llamada me bastó para desconfiar de Helena ni que tardé sólo dos días para corroborar su traición. No diré cómo me sentí durante los pocos días de convivencia después de descubrir el fraude. No diré que ella mereció aquel castigo más de lo que yo merezco este. No diré absolutamente nada, porque ya lo estoy diciendo.

domingo, 24 de febrero de 2013

Niña.


Quiero enamorarme de una niña de vestido blanco,
que sepa dejarse llevar por el viento
y plantarse a los pies de un árbol.

Quiero enamorarme de una niña con sonrisa de mujer
y consejos de madre, cuidados de abuela
y curiosidad de niña.

Quiero enamorarme de una niña
cuyo nombre se escriba con todas las letras,
para formar con él bellos anagramas durante el verano.

Quiero enamorarme de una niña que me llame con apodos
pero que nunca olvide mi verdadero nombre.

Quiero enamorarme de una niña que suspire por las tardes
y se desvele por las noches,
para poder hablarle al oído
hasta que concilie el sueño.

Quiero enamorarme de una niña que no sepa que es amada
para ver su rostro sorprendido al leer estas palabras.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Dulce hogar.


Las canillas gotean,
los caños gotean,
el termotanque gotea.

Las lonas se caen,
los estantes se caen,
el techo se cae.

El teléfono falla,
los ventiladores fallan,
los televisores fallan.

Los placares no cierran,
las puertas no cierran,
el portón no cierra.

La basura se amontona,
la mugre se amontona,
la mierda de la perra se amontona.

Y entre las ruinas del dulce hogar,
tolerando la convivencia,
nadie se hace cargo.

martes, 12 de junio de 2012

Crítica de un crítico a otro, versión II.

  Cuando el Señor Editor me profirió su deseo de que escribiera un artículo acerca del reciente estudio realizado por el señor Arturo Esteban Ponce, me abstuve. Sin embargo, sería un atropello por mi parte el no aprovechar éste, mi espacio, para dar a conocer ciertos detalles no muy difundidos del afamado escritor. Por lo tanto, y con motivo de la publicación de su nueva obra, pondré en evidencia la verdadera clase de persona que es el señor Arturo Esteban Ponce.
  Si bien debo admitir que su reciente producción, Los procedimientos digestivos: estudio sobre el estilo en los textos antropófagos del Brasil, será bien recibida por parte de la avant garde intelectual, mucho mérito le quita a su obra el hecho de que, precisamente, sea él su autor. Como bien estará informado el público, el señor Ponce ha adquirido su fama por medios oscuros, o por lo menos, opacos y poco conocidos.
  La novela con la cual se insertó en el ámbito literario, La comadrona, y con la cual recibió el premio Lugones de literatura en el año 1964, es una ingeniosa y didáctica trama que dio inicio a su oficio como escritor profesional y funciona actualmente como material de lectura en las escuelas secundarias y universidades. Si bien reconozco también la creatividad del autor, lamento informar a mis lectores que éste no es para nada original. Su argumento no sólo se asemeja a la novela del literato ruso Vladimir Mpköshinov, La nodriza, sino que también recicla varias de las leyendas y fábulas tradicionales de Siberia, lo cual me lleva a pensar que, valiéndose de la falta de conocimiento de sus lectores en materia de este tema, creó una falsa sensación de originalidad para su propio beneficio. A mi pesar, la crítica ha visto este acto como un guiño a la cultura rusa y no como un episodio de plagio tal y como yo lo veo.
  Para aquellos que son más apegados al señor Ponce, como lo es mi caso, podrán advertir tanto en su prosa como en su poética: el constante uso de fórmulas fosilizadas, de rápido y fácil acceso al vulgo; el recurso constante al plagio escondido tras una máscara de parodia; la utilización de temas banales y/o tabúes; entre otros. A modo de ejemplo, invito a cualquiera a que lea Cómo decirle que no a la costillita y que confirme lo que acabo de decir. Como dato de color, la lectura de este cuento inaugural se leyó por primera vez durante la apertura del Quincuagésimo Festival del Novillo que se llevó a cabo en la provincia de Entre Ríos.
  No solo su obra es de pobre y dudosa procedencia. También muchos rasgos de su personalidad y vida privada son deplorables. Yo he tenido el desagrado de compartir con él parte de su educación secundaria y terciaria y puedo decirles el tipo de sabandija con el que desperdicié años de mi carrera.
  Siempre ocultaba sus malos hábitos detrás de altas calificaciones y buenos rendimientos académicos y artísticos. Era una persona “simpática”. Hacía amigos y caía bien a los maestros con el simple fin de aumentar su popularidad. Lo cierto es que detrás de su conducta intachable se ocultaban varios vicios de los cuales pocos éramos los que nos enterábamos, porque todo lo hacía de manera clandestina. Malgastaba su tiempo frecuentando antros de mala fama, derrochaba su dinero en mujerzuelas y bebidas, y su pasatiempo favorito siempre fueron los juegos de azar además del cortejo de señoritas que ya no se encontraban disponibles, como mi amada María Elizabeth. Lo que es peor, estoy seguro de que hasta el día de hoy no ha perdido ninguno de estos malos hábitos. Varios de los pasajes de su Canillita de los recovecos, los cuales transcurren en ámbitos lúgubres y de mala muerte, no son más que simples anécdotas autobiográficas que impregnan de realismo a la obra.
  Permítaseme decir que individuos como este no merecen más que ser apedreados frente a la plaza pública para que su castigo sirva de ejemplo para las generaciones venideras. El exilio sería apenas una reprimenda para el tamaño castigo que este hombre merece en realidad. No solo su obra, sino también su existencia deberían ser quemadas en la hoguera con el fin de remediar toda injuria e infamia proferida por su persona. Sin ningún tipo de sacramento, sin un último deseo. Borrar de la faz de la tierra (a excepción de su obra) toda huella que hayan dejado las suelas de sus zapatos o las yemas de sus dedos para así librar al mundo de este mal conocido como Arturo Esteban Ponce.