lunes, 30 de julio de 2018

El velador.


Era el último en la sala. Ya no quedaban familiares ni amigos suyos; tampoco aquellas personas que asisten por compromiso o para acompañar a los deudos. Sólo quedaba él junto al cajón. Se había resistido a tomar asiento, pero tras cansadoras horas de pie sin moverse siquiera un centímetro del lugar aceptó que le trajeran una silla para reposar un rato. Sin embargo, cuando quiso levantarse, no halló las fuerzas suficientes para hacerlo. Y así estuvo todo el tiempo, casi sin parpadear, mirándola a ella.
No le importó localizar a todos los que la habían conocido en vida para darles la noticia de su inesperada recaída y posterior fallecimiento. Tampoco le importó atender a los que sí habían asistido ni recibir los infaustos pésames. Desde que la puerta de la sala estuvo abierta, su atención no dejó de posarse sobre su rostro. Temía, eso sí, como ocurre con los cuerpos ancianos, que sus facciones se vieran deformadas por el rigor mortis sumado a las intervenciones de los empleados de la cochería; sin embargo, era impresionante el parecido con ella, como si acaso estuviera simplemente dormida, ahorrando energías para recuperarse de su enfermedad.
Tuvo particular cuidado en que luciera lo más fiel a sus recuerdos, sobre todo en los detalles. Llevaba una hebilla para el pelo que únicamente se la quitaba cuando estaban solos, una cadenita que su abuela le había regalado para la comunión, una cintita roja en el pie izquierdo para repeler las energías negativas y un anillo que él le había dado tras cumplir su primer aniversario con la fecha del día en que se conocieron y las iniciales de ambos.
Cuando hubo terminado de apreciar todos esos atesorados pormenores, su atención se dirigió definitivamente a la cabecera. Recorrió cada zona de su cara para extraer y congelar los últimos recuerdos frescos antes de que la frágil memoria empezara a deteriorar las impresiones que había cosechado en vida. Se detuvo largo rato en un mechón de pelo, que era la soga que lo rescataba en épocas de gran pesar. No supo decir cuántas veces lo había despejado de su frente para arroparlo gentilmente detrás de su oreja derecha, pero lo sabía caprichoso y le gustaba inmiscuirse entre sus labios y los de ella. Su mirada también se había tendido profundamente en los livianos párpados que ahora ocultaban unos ojos castaños y llenos de alegría, esos ojos que siempre lo leían desde abajo, como los de una niña que busca aprobación o complicidad, con la cabecita un poco gacha para acentuar el gesto. Pero sin duda su parte favorita sería las terminaciones de sus labios que dibujaban la curva en la cual su mente se perdía y ya nada más importaba. Aquella sonrisa fue en más de una oportunidad motivo de halagos y envidias, pero ella lo tranquilizaba diciéndole que sólo a él le pertenecía. Entonces, el fuego en su interior se calmaba, dejaba de quemar para abrazarla en un abrazo candoroso.
Todas esas imágenes desfilaban por su mente cuando oyó que alguien entraba en la sala vacía. No se inmutó, temiendo que fuera alguien del servicio que estaba por avisarle el fin del velatorio. En cambio, sus ojos desesperados empezaron a recorrerla como si solo quedaran escasos segundos antes de la hora de entregar un examen que no había alcanzado a completar. Pero todo se aquietó cuando el intruso se colocó detrás de él y una mano femenina se posó sobre su hombro. No había reconocido a una mujer entre los empleados de la cochería, por lo cual esa presencia inesperada solo podía significar una equivocación o una avisada de último momento.
Hubo unos instantes de silencio, un temor por quebrar aquella aura solemne entre los amantes que se despedían por última vez hasta que la recién llegada creyó oportuno pronunciar las acostumbradas palabras:
-Mis condolencias por su pérdida.
Él continuó callado. Había obrado de modo demasiado descortés con el resto de los allegados que habían asistido de buena voluntad, pero ya no le quedaban energías para sostener aquella postura arrogante. Nada de lo que hiciera podría devolverla o aferrarla más a él. Aun así, no giró su cara para ver la de su compañía.
-Gracias por venir. ¿La conocía mucho?
-Desde que éramos chicas, pero a medida que fuimos creciendo los vínculos se fueron alejando poco a poco. Cosas de la vida, ¿sabe?
-A quién no le ha pasado.
-Eso sí, nunca le reproché nada e intenté extrañarla lo menos posible. Siempre quise lo mejor para ella.
-Yo también. Pero ahora siento que fui demasiado egoísta en haberle usurpado el poco tiempo que le quedaba.
La mano sugirió un ademán, casi imperceptible, una presión, como si un alfiler se hubiera clavado sobre ella.
-¿Es en serio lo que dice?
-Mientras la conocí, dudé mucho antes de decidirme a brindarle mi compañía. Y una vez juntos, sentía que cada viaje de negocios, cada separación programada la angustiaba enormemente. De saber que mis partidas le causarían tantos disgustos no la hubiera deseado siquiera desde el primer momento.
El gesto se volvió a repetir, un leve espasmo apenas.
-Perdón que me entrometa en asuntos personales. En realidad, hablábamos poco sobre nuestras cosas, pero ella siempre lo tuvo presente en las conversaciones. Créame si le digo que ella jamás se arrepintió ni por un segundo el haberlo cruzado en su vida.
Por un momento, la mirada se le nubló. Las lágrimas que había estado conteniendo hasta ese instante parecían querer brotar por fin. Pero con una fuerte inspiración logró reprimirlas un rato más. Quebrarse allí mismo le hubiera quitado valiosos minutos de contemplación. Sintió cómo la mano le acariciaba fraternalmente el hombro en signo de aprobación. Aquel gesto le devolvió cierta tranquilidad que no había sentido en toda la noche.
-Gracias por haber venido.
-No se preocupe. Lamento la tardanza, pero ella habría querido que lo acompañara en estos momentos.
-Ha sido de gran consuelo.
Se quedaron estáticos unos minutos más hasta que ella volvió a quebrantar el silencio.
-Se me ha hecho algo tarde, afuera me están esperando. Los he detenido más de lo debido. Sepa disculparme.
-No se preocupe, estaré bien.
Entonces la mano, que era el único signo que denunciaba además de la voz la presencia de la mujer, se precipitó un poco hacia adelante, recorrió su pecho, su cuello, hasta encontrarse con su otra mano y entre ambas se fundieron en un abrazo.
De repente, él se percató de algo: un anillo hasta entonces sigiloso decoraba uno de los dedos pecosos de la mujer. Tenía un grabado que no llegaba a leer por el cansancio y la fatiga del día, pero que juraba podría haberlo descifrar de habérselo propuesto. Sintió a continuación que la mujer se empequeñecía hasta que su cabeza alcanzó la altura de la silla. Unos labios se posaron sobre su cuello mientras un beso callado le rozó la piel.
-Confío en que vas a estar bien.
Cuando por fin pudo reaccionar, ningún brazo lo mantenía prisionero. Sin embargo, el miedo a que su cuerpo desapareciera si corría la vista de aquel punto fijo dentro del ataúd lo hizo dudar. Se quedó un poco más, así, ensimismado, hasta que por fin le dijeron que ya era tiempo de cremarla.

lunes, 9 de julio de 2018

Desde el primer baile.




A mis bailarinas

Cuenta el mito que Dédalo, además del laberinto,
creó una pista de baile para la bella princesa.
Mas si yo fuera Teseo y debiese dar muerte a la bestia
demoraría la empresa para pedirle a mi Ariadna una pieza.

Mis manos dibujando las curvas de su cintura,
mis dedos oprimiendo sus hombros desnudos,
nuestros pechos unidos respirando a ritmo unísono,
serían las únicas proezas que desearía acometer.

Con cada giro sus crines me abofetearían el rostro
y con sonrisa cómplice se volvería encarnación de Terpsícore.
Exiges con tus caprichos a este pobre principiante como Orfeo a la lira
y me conviertes en instrumento de tu goce esporádico.

¡Ay, Cenicienta griega! ¡Odalisca tropical!
No llegues tarde a la cita ni te entretengas en otros brazos,
que aunque Minos sea tu único dueño
como mi padre Egeo siempre estoy esperando la llegada de tu barco.

domingo, 18 de marzo de 2018

Catalina Catacumba.


Canta, canta, Catalina Catacumba
que Hécuba quiere que sus tumbas sucumban,

callos encallados cubren tus cuerdas,
voz curva oculta tu tráquea gorguera.

Canta, canta cánticos catatónicos
de eunucos costureros y corsos costumbristas,

calla con ellos al gallo gallardo
y a sus cacofónicos cacareos que provocan risa.

Canta, canta canciones caminantes
cual carnaval cartografiado por contundentes coristas,

que tus clases son cristales para
calcar cualquier calcomanía.

Canta, canta, Catalina Catacumba
y que tu canto no cese

que la voz que acuna a los muertos
para mí es son de vida y no de muerte.

domingo, 31 de diciembre de 2017

La Dama del Río.

Mi espíritu inquieto buscaba descanso,
en el locus amoenus de mi tierra natal.
Pero te encontró a vos, digna hija de Nimue.
Hada que surcas la brisa isleña con frágiles alas,
hechas de sueños juveniles que temen quebrarse con cada aleteo.
Construiste castillos de arena con tu sonrisa
y dibujaste ilusiones en las ondas del río de mi pensamiento.
Veo tus pies rechazar el suelo acuoso
pero vos te arriesgás para sentirte ser sirena por una vez siquiera.
Diminutas gotas suspiran a tu alrededor
y les pedís que bailen una sustancial danza entre tus dedos.
Ser el guardián de tu juego es privilegio que nunca pedí,
que no quiero perder.
Me invitás a que cante tu altisonante melodía
y yo me siento indigno de tamaño honor.
La tarde nos encuentra bañándonos con sus rayos
y mezclándonos con el paisaje dejamos de ser dos.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Mar adentro.

En este páramo, en el que el agua es el tesoro más preciado,
tu recuerdo inunda los surcos de mi pensamiento.
Manantial de cariño, oleaje de pasión,
la garganta solicita tu mar de besos.
Cierro los ojos y sueño con ser gondolero
que rema en las finas curvas de tu sonrisa y tu cintura.
Vuelvo a abrirlos y te veo, espejismo en el oasis de mi memoria.
¿Cuánto he de navegar hasta alcanzar tus orillas,
amarrarme en tus muelles, recorres tus puertos?

¿Cuánto tardaré, sirena melodiosa, en ahogarme nuevamente
en tu voz, en ser abrazado por profundas corrientes de amor?
Este Ulises resignado no conoce de Penélopes ni de Ítacas;
sin ceras ni ataduras persigue enceguecido con loca brújula tu ruta.
Neptuno fue caro aliado al presentarme a una de sus hijas.
Que ahora él me envíe un tifón; ¡te lo imploro!
Llévate este barco mío, retuércelo a la dirección correcta,
a la protección de sus brazos,
a la salvación de sus labios.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Puesta en vida.

para M. M.

Dos actores, voces de fondo.
La mesa de un bar los separa por centímetros, que se vuelven milímetros, que se vuelven un accidente sin importancia.
Miradas, gestos, contactos.
Ambos pronuncian palabras de arte que se convierten en música para los oídos.
Lecturas previas, confesiones intermedias, algo fuera de los planes.
Ella se pierde en sus monólogos; él, en su performance. Y la madrugada los toma desprevenidos.
Luz tenue, algunos borrachines. Para ellos ya no existe otra cosa que una mesa-lienzo sobre la cual las manos planean estrategias para encontrarse.
De repente, llega un mozo. Les pide amablemente que se retiren, preludiando el fin del primer acto.
Telón.

Segundo acto. Una callecita poco transitada. Autos en fila.
Ella no se atreve a entrar; él no se atreve a abrir.
Como una bailarina galáctica comienza a orbitar a su alrededor, pero él detiene su lunático devenir. La toma, la enrosca y la toma por fin.
Miradas cómplices, labios curiosos, delirios nerviosos.
Desvarían un poco hasta perderse tras bambalinas.
Ellos se ocultan; la calle queda desértica.
The show must go on.

Fin del simulacro.
Él se quita su máscara dionisíaca; ella, sus medias arlequinescas.
Ambos intérpretes se desmaquillan a cálidos besos, desvestuarizan sus almas.
No hay guion al cual atenerse, ni director que los dirija.
Son sólo ellos, improvisando la más bella de las tragicomedias que pudieran haberse inventado.
Escriben diálogos murmurados, acotaciones microscópicas para una escena que parece no querer acabar.
El happening concluye tras las primeras gotas de sol, pero se extiende un poco más de lo esperado. Los dramaturgos se resisten a detenerse.
Artistas de la pasión, ditirambos de inspiración.
Se despiden, con la promesa de un nuevo ensayo, para dar comienzo a una obra que está próxima a estrenarse.

miércoles, 28 de junio de 2017

Decálogo del buen lector.

ü El buen lector lee lo que sea: no tiene por qué ser sólo literatura; cualquier cosa que esté dentro de sus intereses acerca de cualquier tema es válido como material de lectura.
ü El buen lector lee hasta donde quiere: no necesita terminar de leer todo lo que empieza; si se da cuenta de que eso no le interesa o le resulta aburrido, lo abandona para adentrarse a un nuevo  texto sin culpa alguna. El buen lector podrá retomar la lectura cuando guste; el libro seguirá allí esperándolo. Él busca libros que le permitan entablar un diálogo con aquél otro mundo: que le permitan cuestionar, reflexionar y debatir aquello que lee.
ü El buen lector no tiene edad: no existe una edad para tomar un libro y leerlo. Existen lecturas recomendadas para ciertas edades, pero la edad del buen lector se mide por los libros que ha leído, no por los años que haya cumplido.
ü El buen lector lee a su ritmo: no se preocupa por la velocidad, saborea cada palabra, disfruta de la lectura sin preocuparse por el tiempo. Cuando el buen lector lee, los relojes se detienen. La velocidad llega por sí sola, con la práctica y la paciencia.
ü El buen lector sabe bien lo que busca: por más que no conozca sobre autores y títulos de libros, el buen lector tiene bastante en claro sus gustos y afinidades. Toma como punto de referencia los géneros (policial, ciencia ficción, terror, fantástico) o los personajes (detectives, alienígenas, monstruos, seres maravillosos) para encontrar los libros que puedan satisfacer sus necesidades lectoras.
ü El buen lector sabe pedir y oir consejos: los adultos (maestros, profesores, bibliotecarios, preceptores, directivos, padres, etc.) son buenas fuentes de consulta bibliográfica. El buen lector acude a ellos para facilitar la búsqueda de lo que quiere, sin permitir que la palabra del adulto lo influya completamente. Los adultos también se equivocan y es el buen lector quien tiene la última palabra sobre los textos que decide leer. Por supuesto, también puede hacer su propia investigación por internet y consultar en Google qué libros son los más recomendados para leer; pero sólo el buen lector debe trazar su propio camino.
ü El buen lector establece relaciones y asociaciones entre su vida y lo que lee: cuando lee, las palabras despiertan recuerdos y sentimientos existentes que le permiten al buen lector relacionar lo que aquello con su vida y su entorno. El buen lector sabe que los libros son escritos por personas de carne y hueso, que vivieron experiencias similares a las suyas y de las cuales puede extraer algún aprendizaje.
ü El buen lector conecta lo que lee con cosas que ya conoce: nadie que se precie de buen lector lee los textos por primera vez. Cada vez que toma un libro entre sus manos, el buen lector asocia lo que lee con otras cosas que ya conoce (otro libro, un cuento, un poema, una canción, un videojuego, una película, una serie, etc.). Los textos, así como las personas, no viven aislados del resto, sino que forman una comunidad y por ello se relacionan entre sí.
ü El buen lector juzga de un modo crítico lo que lee: todos opinan con argumentos lógicos y sostenidos qué partes les resultó atractivas y cuáles aburridas, qué rescatan y qué dejan a un lado de la lectura, qué piensan o qué interpretan de lo que han leído. Los textos no hablan por sí solos, son los buenos lectores quienes les hacen hablar.
ü El buen lector usa los textos para lo que se le da la gana: los libros no sirven para nada, sino que es el buen lector quien les da un uso. Puede leer cuando está aburrido, cuando no tiene nada mejor que hacer, mientras viaja o está esperando en un determinado lugar. Los libros sirven para aprender, conocer, descubrir, imaginar, citar, crear o por el puro placer de leer. Cada buen lector deberá darle utilidad a los libros que lea por su propia cuenta.

“Quise distraerte, no quise corregirte, porque al contrario eres el lector sabio, pues que practicas el entreleer que es lo que más fuerte impresión labra”, Macedonio Fernández.