martes, 7 de julio de 2020

Investigá lo que se te cante.


Cualquiera que se haya enfrentado al armado de una tesis o, al menos, se haya vuelto un habitué del ámbito académico, sabe que la santa trinidad de todo campo de investigación son el objeto de estudio, el marco teórico y el estado de la cuestión. Estos tres conceptos conforman toda disciplina y eliminar tan solo uno podría provocar que el aspirante a investigador sea tildado de ignorante o mediocre tanto por sus pares como por sus docentes y director de tesis. Ahora bien, existe un problema, creo yo, aún más grave y que no tiene que ver con la eliminación de uno de los elementos de la trinidad, sino con algo intrínseco a cualquier campo de investigación: su antigüedad, vigencia y/o perdurabilidad.
Cuando uno ingresa y da sus primeros pasos en la ruta del conocimiento, todo lo asombra y le resulta fascinante. El párvulo intelectual da sus primeros pasos incorporando estructuras textuales y básicamente repitiendo las palabras de otros, dándole prioridad a la aprehensión del esqueleto antes que a cultivar un contenido original. Ahora bien, cuando el pichón se siente lo bastante seguro de sí mismo como para dejar el nido y emprender su propio vuelo, lo primero con lo que suele toparse son los obstáculos impuestos por sus propios maestros e instructores: que los temas canónicos ya están cristalizados y es ambicioso y megalómano querer decir algo nuevo sobre ellos, que tal o cual propuesta no cuenta con la bibliografía suficiente como para sustentar ninguna tesis o argumentación, que no hay forma de acceder a la documentación necesaria para abordar el problema, y una larga e inagotable lista de etcéteras.
En este punto, el aspirante a especialista en lo que sea se siente abrumado y desalentado, por lo cual solo encuentra dos caminos a seguir: o bien, subsumir su voluntad a la de un guía que le entrega un tema servido en bandeja o con envoltorio, pero el cual no coincide para nada con los intereses del alumno; o bien tomar el toro por las astas y encarar el asunto por sí solo y técnicamente desde cero. Lo hasta aquí expuesto no refleja la totalidad de los casos, ya que, a la larga, siempre se encuentra a alguien tan o más orate que uno, que lo acompañe y asesore en su travesía. Pero me arriesgo a decir que, por lo general, toda empresa académica es más bien solitaria y siempre acaba plagada de limitaciones, desilusiones y postergaciones. Para afirmar esto me baso en mis experiencias personales que detallaré a continuación, pero también en las de muchos de mis compañeros y colegas, quienes han sido víctimas de infortunios similares a los míos.
Mis objetos de estudio prioritarios son la literatura argentina del siglo XX, por un lado, y los cruces entre manganimé y canon literario universal, por el otro. Aun siendo dos campos que se hallan en las antípodas uno con respecto al otro, en ambos he encontrado dificultades para desplegar mis convicciones y anhelos. Para dar con un autor argentino que pudiera investigar, aportar una mirada novedosa y no un refrito o reformulación de lo que alguien más ya dijo –y encima resultara una contribución o siquiera en apariencia un aporte para alguien además de mí–, debí atravesar por múltiples cátedras, explicarme frente a muchos profesores y permitir que metieran algo de mano en mi hipótesis hasta finalmente conseguir un mínimo aval. Para el caso de la cultura japonesa fue aún más extraño y las excusas cada vez más descabelladas, ya que debido a condiciones geográficas, históricas, culturales, lingüísticas y muchas otras que podría agregar, el asunto parecía siempre recaer en la futilidad y banalidad absolutas.
En este punto cabe destacar que no existen estudios académicos más o menos válidos que otros, todo se trata de una cuestión de perspectiva con respecto a los discursos y circuitos hegemónicos y legitimados del conocimiento. La cultura de por sí avala cualquier tipo de investigación ya que todo nace de su mismo seno. El inconveniente surge cuando aparecen focos emergentes o disidentes que vienen a tambalear o desestabilizar aquello que a las Instituciones –con mayúscula– les costó tanto construir y cristalizar. Y sin embargo esto no es más que otra de las máscaras bajo la cual se encubren las discusiones entre alta y baja cultura, centro y periferia, canon y moda. ¿O acaso siempre fue bien vista la métrica y rima libre? ¿O el género policial y la ciencia ficción siempre estuvieron en el panteón de los textos de ficción? ¿O el tango sonó desde el comienzo en los salones parisinos? Es decir, si nos paralizamos y dejamos de investigar algo porque las condiciones son adversas y aún no están dadas para que nuestro esfuerzo y trabajo sea reconocido, ¿quién de nosotros es digno de encender la mecha que nos conducirá al cambio?
El camino no deja de ser frustrante y tortuoso, pero por eso mismo se vuelve gratificante. Los resultados jamás son inmediatos y pueden pasar años antes de ver un artículo publicado o una cita nuestra en otro trabajo. Pero hay que empezar, hay que tomar la iniciativa. Las hipótesis arriesgadas son las más interesantes y entretenidas, un título jocoso en un programa puede hacer que la organización de todo un congreso valga la pena, los dossiers temáticos son una usina de encuentro para las plumas y teclados solitarios. Perderle el miedo y el pánico a la academia, así como los prejuicios a nuestra propia labor, son de los desafíos más grandes con los que se debe enfrentar el investigador a lo largo de toda su carrera. Y pensar que por asuntos más elevados obligaron a Sócrates a beber cicuta y la Iglesia quiso quemar en la hoguera a Galileo.
Tenemos la suerte –y la desgracia– de vivir en una época en la que la opinión personal es tan válida como la ajena. Podemos negociar métodos, herramientas y circuitos de investigación; pero no dejemos que nos arrebaten lo esencial, nuestra pasión, el placer por aquello que nos interesa y queremos construir para difundir y aportar nuestro grano de conocimiento al mundo.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Impresiones europeas: Reflexiones sobre el viaje.


Cuando uno viaja, asiste momentáneamente a un simulacro más o menos verdadero de su muerte: la gente que a uno lo valora se despide afectivamente, el viajero busca dejar todo en regla antes de emprender la huida y su nombre estará en boca de todos por más o menos tiempo. Todo esto, por supuesto, obviando el tono elegíaco de la partida, ya que se espera que el viajero retorne tarde o temprano al cobijo del hogar y la rutina (aunque no siempre ocurre).
En fin, una vez tomado el auto, micro, tren, barco o avión que lo llevará a su destino, el viajero entra en un limbo personal dentro del cual podrá percibir su vida desde la perspectiva del fantasma o la proyección astral. El mundo que abandonó seguirá su curso natural, pero ya sin él, que posee poca o nula capacidad de intervención (aún con las nuevas tecnologías de comunicación a su disposición). Esto, que puede resultar al comienzo motivo de angustia y ansiedad, es uno de los primeros retos y descubrimientos con los cuales se topa el viajero: él es solo un elemento más dentro del complejo entramado social que lo rodea, único e irrepetible pero no imprescindible.
Alejado de la seguridad de lo conocido y familiar (llamémoslo heimlich o zona de confort) lo único a lo que puede aferrarse es a su yo, esa prenda temblorosa y endeble de la cual siempre cuesta desprenderse. Pero aquellos sujetos, el viajero y su yo, frente a la inminente intemperie de lo desconocido, sufrirán múltiples transformaciones que los llevarán a ampliar su percepción de sí mismos y del mundo que los rodea, más grande de lo que creían antes de emprender la ruta.
Frente a lo nuevo, lo adverso, la expectativa y el azar, el viajero esgrime sus propias habilidades y halla otras tantas que consideraba inexistentes o poco desarrolladas. Así se descubre como único responsable y artífice de sus actos, pensamientos, decisiones y devenires. Alejado casi por completo del yugo de la cotidianeidad, salvo por dos o tres pequeños hábitos tranquilizadores, el viajero recupera lo que pierde en su hábitat natural: la sintonía con su ser. Esto no significa control absoluto sobre sí mismo, sino un diálogo y acuerdo constantes consigo. Ahí se produce el segundo descubrimiento.
Cuando el viajero deja de focalizarse en lo que ha dejado atrás es que logra apreciar el asombroso presente del cual él forma parte constitutiva y constructiva. No el presente de la comunidad en la que vive, la empresa en la que trabaja o los grupos que frecuenta; sino su presente, el individual, alejado de lo colectivo y la mirada de los otros. Aquí el único que mira (y se mira) es él. Esa mirada es más valiosa que la de cualquier otro ser humano, porque es la que lo acompañará desde su nacimiento hasta los últimos instantes de su vida terrenal. Por supuesto que no está exenta de prejuicios y comentarios ajenos, pero en la soledad del trayecto el viajero puede poner ciertas premisas en tela de juicio y purgarlas lo más posible de agentes extraños.
Es así como, a su retorno, las cosas volverán lentamente a su cauce normal. Pero oficiará sobre el viajero un cambio sustancial más o menos duradero, aunque profundamente significativo. Es ese impulso o envión el cual el viajero debe aprovechar para modificar su entorno, aquel sobre el cual antes del viaje no tenía poder ni demasiada influencia, por haber cedido voluntariamente su yo al status quo.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Impresiones europeas: Madrid.

Llamarte madre sería un insulto a mi patria, es por eso que te considero una hermana. Madrid, la fraternidad es tu virtud. Abrazas al extranjero con la calidez y la experiencia de los hijos mayores de la civilización romana. Tus calles amplias y ajetreadas dibujan una ciudad leonina, orgullosa de sus banderas y símbolos. Pero lo mejor es cómo te vanaglorias de tus próceres y figuras ilustres. Cada una de tus calles es un homenaje a los ciudadanos que por siglos han alimentado tu gloria.
Candor y vivacidad desbordan de tu gente y si hemos heredado el temperamento italiano, sin duda también el jolgorio y júbilo español. Madrid, dime qué se siente acobijar tantos dialectos y registros en tu seno. Si a todos nos une una misma lengua tergiversada y corrompida, ¿a qué hemos de defender normas y correcciones de diccionario? Riámonos de los equívocos con una cerveza de por medio, colegas, que mezclarnos es lo mejor que nos haya podido pasar como seres humanos.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Impresiones europeas: Roma.


Muros con osteoporosis invaden tus calles aplastadas por el peso de tu historia. Canal de la civilización occidental, todo el conocimiento de más de medio mundo ha pasado por ti. Roma, registro del ser humano, fuente de inspiración, punto estratégico para la evolución del hombre. Rebalsas de dicha antigua pero te cuesta adaptarte a los tiempos que corren. Todos te envidian y guerrean tu supremacía, pero solo tú conoces el dolor de tus entrañas.
De ti brotaron las obras más rememoradas por los hombres, pero también has sido la elucubradora de calumnias e infamias. Tú lo tienes todo, tanto lo bueno como lo malo. ¿Qué más se te puede pedir o exigir? Si hasta contienes a aquel que rige sobre las almas de millones de fieles.
Roma la conquistadora, la católica, la renacentista, la filosófica, la oradora, la operística. Todo lo tienes y no eres dueña de nada porque te has convertido, desde siempre, en patrimonio de la humanidad.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Impresiones europeas: Praga.


Sepia y gris son tus tonos, la paleta con la que pintas tus empinadas colinas otoñales. Tus edificios más modernos engalanan colores pasteles, pero tus piedras más antiguas las recubre un negro carbonatado que hace pensar en los incendios y las guerras. ¿Por qué te empecinas en mostrarte tan fría ante el viajero, ciudad de rostros tensos e inexpresivos? ¿Habrá sido a causa de los regímenes totalitarios a los que te has visto sometida a lo largo de los años que tu gente ha perdido la sonrisa?
Tu historia y tu identidad han sido fracturadas y de ello el mejor ejemplo es la fortaleza que me vigila a lo lejos: aquel monstruo de Frankenstein romano, gótico y barroco que sirvió de pesadillesca influencia a uno de los más grandes escritores del siglo pasado. ¿Es que acaso estás condenada a la caótica fragmentación, incapaz de anhelar la unidad pacificadora? Porque hasta tú, Praga, necesitas de cinco relojes para poder marcas las horas.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Impresiones europeas: Ámsterdam.


Te tachan de inmoral, pero he de decirles a aquellos que lo hacen que eres la más sincera de las que he visitado hasta ahora. Ámsterdam: la ciudad de la diversidad, de la tolerancia, de lo variopinto. Paraíso para algunos, ciudad de perdición para otros. Envuelves al pecado de legal nobleza y solo por eso destierras de ti la hipocresía. Proteges a tus trabajadores y clientes por igual; de lo único que se te puede criticar es de llevar a cabo un capitalismo traslúcido, y aun así…
Pero está esa otra Holanda, la de las afueras: la campiña, los molinos, los paseos en bicicleta, los canales, los tulipanes que florecen en abril, los quesos de granja, los suecos. Tú también conformas la patria, tú también eres paisaje corriente. No te hundas en los pantanos con el peso de tu fama, mantente a flote y continúa exponiendo las virtudes y pecados del hombre.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Impresiones europeas: Bruselas.


A la Bruselas de cristal, de rascacielos vidriados, se le enfrenta la de castillos de roca, mármoles y oro, pero también la de casas coloridas, finas, inclinadas y esbeltas. Eres una matrioshka repleta de sorpresas fascinantes, combinación armoniosa entre lo natural y lo artificial.
Te haces la modesta, pero vendes tu arte y tu ciencia en puntos bien estratégicos. Difícil parece que destaques del resto de tus hermanas, pero no por ello das el brazo a torcer. ¡Que no falte flores sobre ningún farol de tus avenidas ni quede hoja rebelde en tus jardines! La pulcritud es tu bendición; la humildad, tu don.
Degustarte es un manjar y has hecho de ello una obra maestra. Chocolates y cervezas como nadie ha visto; hasta ahora nadie ha seducido mi paladar como tú.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Impresiones europeas: París.


En cuatro días me enamoré de una mujer. Su nombre es París, la Ciudad de las Luces. Muchas adolescentes se han ganado mi afecto, pero esta fue la primera vez que me dejé atrapar por los encantos de la madurez. Lejos del carácter adusto que muchos le atribuyen, París es amable con aquellos que saben tratarla.
París, la que peca de belleza simétrica, la que despilfarra glamour, la que oculta sus cicatrices bajo enormes monumentos, la que susurra una historia a la vuelta de cada esquina. No me enamoré de una París, sino de todas: la amanecida y la nocturna; la bohemia y la burguesa; la artística y la intelectual; la pagana y la católica; la monárquica y la republicana; la histórica y la actual.
París es una mujer caprichosa, de gustos lujosos y refinados. Es cortesana, pero también muy puta: es de todos y no es de nadie. Ella bien vale una misa y el tiempo siempre le hace justicia. París se vive, no se aprende; se conoce, no se recorre. Cada nombre es un ladrillo que eleva por los aires su estructura: Montmartre, Versalles, Bastilla, Quartier Latin, Concorde, Trocadero y Champs deMars son los lunares sobre los que se han posado mis ojos. ¡Dejame, hermosa musa, volver a ser tu flâneur otra vez!
Resumir París es pecar de simplista. Solo puedo afirmar que ella ha conseguido diluir mi tristeza en sus faroles, pintar mi nostalgia con sus acuarelas, borrar mi hastío con su canto. Ayer me dolía una desilusión en todo el cuerpo; hoy me palpita una ciudad.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Impresiones europeas: Barcelona.

Barcelona no descansa, no duerme, nunca está tranquila. Todo el tiempo el tránsito humano la agobia y despabila. Es a simple vista mezcla heterogénea, convivencia caótica de culturas de ambos hemisferios.
Barcelona está lisiada: sus paredes aúllan los crímenes sufridos en el pasado y sus balcones denuncian su lamentable presente. La ciudad permanece alerta, no halla paz, pero la anhela. La lucha es constante, una lucha que nosotros bien conocemos y hemos emprendido hace más de doscientos años. ¿Por qué es tan privativa la libertad? ¿Por qué es tan provocativa la sed de independencia? Cataluña lo tiene todo para ser ella, y sin embargo parece condenada a la metonimia hispánica.
Barcelona, la de los muros acribillados, la de las plazas bombardeadas por la dictadura. Y aun así eres todo amor, puro y sacro. Caminar tus calles es acariciar tu alma. Abres tus bifurcadas venas para que el viajero se pierda en lo hondo de tu ser. Pero también adoleces la modernidad, que no te hace justicia, que te enferma de marketing y publicidad. Duele verte por momentos, entidad quimérica, pero ¿qué podemos hacer? Cerremos los ojos y quedémonos con lo esencial.

lunes, 30 de julio de 2018

El velador.


Era el último en la sala. Ya no quedaban familiares ni amigos suyos; tampoco aquellas personas que asisten por compromiso o para acompañar a los deudos. Sólo quedaba él junto al cajón. Se había resistido a tomar asiento, pero tras cansadoras horas de pie sin moverse siquiera un centímetro del lugar aceptó que le trajeran una silla para reposar un rato. Sin embargo, cuando quiso levantarse, no halló las fuerzas suficientes para hacerlo. Y así estuvo todo el tiempo, casi sin parpadear, mirándola a ella.
No le importó localizar a todos los que la habían conocido en vida para darles la noticia de su inesperada recaída y posterior fallecimiento. Tampoco le importó atender a los que sí habían asistido ni recibir los infaustos pésames. Desde que la puerta de la sala estuvo abierta, su atención no dejó de posarse sobre su rostro. Temía, eso sí, como ocurre con los cuerpos ancianos, que sus facciones se vieran deformadas por el rigor mortis sumado a las intervenciones de los empleados de la cochería; sin embargo, era impresionante el parecido con ella, como si acaso estuviera simplemente dormida, ahorrando energías para recuperarse de su enfermedad.
Tuvo particular cuidado en que luciera lo más fiel a sus recuerdos, sobre todo en los detalles. Llevaba una hebilla para el pelo que únicamente se la quitaba cuando estaban solos, una cadenita que su abuela le había regalado para la comunión, una cintita roja en el pie izquierdo para repeler las energías negativas y un anillo que él le había dado tras cumplir su primer aniversario con la fecha del día en que se conocieron y las iniciales de ambos.
Cuando hubo terminado de apreciar todos esos atesorados pormenores, su atención se dirigió definitivamente a la cabecera. Recorrió cada zona de su cara para extraer y congelar los últimos recuerdos frescos antes de que la frágil memoria empezara a deteriorar las impresiones que había cosechado en vida. Se detuvo largo rato en un mechón de pelo, que era la soga que lo rescataba en épocas de gran pesar. No supo decir cuántas veces lo había despejado de su frente para arroparlo gentilmente detrás de su oreja derecha, pero lo sabía caprichoso y le gustaba inmiscuirse entre sus labios y los de ella. Su mirada también se había tendido profundamente en los livianos párpados que ahora ocultaban unos ojos castaños y llenos de alegría, esos ojos que siempre lo leían desde abajo, como los de una niña que busca aprobación o complicidad, con la cabecita un poco gacha para acentuar el gesto. Pero sin duda su parte favorita sería las terminaciones de sus labios que dibujaban la curva en la cual su mente se perdía y ya nada más importaba. Aquella sonrisa fue en más de una oportunidad motivo de halagos y envidias, pero ella lo tranquilizaba diciéndole que sólo a él le pertenecía. Entonces, el fuego en su interior se calmaba, dejaba de quemar para abrazarla en un abrazo candoroso.
Todas esas imágenes desfilaban por su mente cuando oyó que alguien entraba en la sala vacía. No se inmutó, temiendo que fuera alguien del servicio que estaba por avisarle el fin del velatorio. En cambio, sus ojos desesperados empezaron a recorrerla como si solo quedaran escasos segundos antes de la hora de entregar un examen que no había alcanzado a completar. Pero todo se aquietó cuando el intruso se colocó detrás de él y una mano femenina se posó sobre su hombro. No había reconocido a una mujer entre los empleados de la cochería, por lo cual esa presencia inesperada solo podía significar una equivocación o una avisada de último momento.
Hubo unos instantes de silencio, un temor por quebrar aquella aura solemne entre los amantes que se despedían por última vez hasta que la recién llegada creyó oportuno pronunciar las acostumbradas palabras:
-Mis condolencias por su pérdida.
Él continuó callado. Había obrado de modo demasiado descortés con el resto de los allegados que habían asistido de buena voluntad, pero ya no le quedaban energías para sostener aquella postura arrogante. Nada de lo que hiciera podría devolverla o aferrarla más a él. Aun así, no giró su cara para ver la de su compañía.
-Gracias por venir. ¿La conocía mucho?
-Desde que éramos chicas, pero a medida que fuimos creciendo los vínculos se fueron alejando poco a poco. Cosas de la vida, ¿sabe?
-A quién no le ha pasado.
-Eso sí, nunca le reproché nada e intenté extrañarla lo menos posible. Siempre quise lo mejor para ella.
-Yo también. Pero ahora siento que fui demasiado egoísta en haberle usurpado el poco tiempo que le quedaba.
La mano sugirió un ademán, casi imperceptible, una presión, como si un alfiler se hubiera clavado sobre ella.
-¿Es en serio lo que dice?
-Mientras la conocí, dudé mucho antes de decidirme a brindarle mi compañía. Y una vez juntos, sentía que cada viaje de negocios, cada separación programada la angustiaba enormemente. De saber que mis partidas le causarían tantos disgustos no la hubiera deseado siquiera desde el primer momento.
El gesto se volvió a repetir, un leve espasmo apenas.
-Perdón que me entrometa en asuntos personales. En realidad, hablábamos poco sobre nuestras cosas, pero ella siempre lo tuvo presente en las conversaciones. Créame si le digo que ella jamás se arrepintió ni por un segundo el haberlo cruzado en su vida.
Por un momento, la mirada se le nubló. Las lágrimas que había estado conteniendo hasta ese instante parecían querer brotar por fin. Pero con una fuerte inspiración logró reprimirlas un rato más. Quebrarse allí mismo le hubiera quitado valiosos minutos de contemplación. Sintió cómo la mano le acariciaba fraternalmente el hombro en signo de aprobación. Aquel gesto le devolvió cierta tranquilidad que no había sentido en toda la noche.
-Gracias por haber venido.
-No se preocupe. Lamento la tardanza, pero ella habría querido que lo acompañara en estos momentos.
-Ha sido de gran consuelo.
Se quedaron estáticos unos minutos más hasta que ella volvió a quebrantar el silencio.
-Se me ha hecho algo tarde, afuera me están esperando. Los he detenido más de lo debido. Sepa disculparme.
-No se preocupe, estaré bien.
Entonces la mano, que era el único signo que denunciaba además de la voz la presencia de la mujer, se precipitó un poco hacia adelante, recorrió su pecho, su cuello, hasta encontrarse con su otra mano y entre ambas se fundieron en un abrazo.
De repente, él se percató de algo: un anillo hasta entonces sigiloso decoraba uno de los dedos pecosos de la mujer. Tenía un grabado que no llegaba a leer por el cansancio y la fatiga del día, pero que juraba podría haberlo descifrar de habérselo propuesto. Sintió a continuación que la mujer se empequeñecía hasta que su cabeza alcanzó la altura de la silla. Unos labios se posaron sobre su cuello mientras un beso callado le rozó la piel.
-Confío en que vas a estar bien.
Cuando por fin pudo reaccionar, ningún brazo lo mantenía prisionero. Sin embargo, el miedo a que su cuerpo desapareciera si corría la vista de aquel punto fijo dentro del ataúd lo hizo dudar. Se quedó un poco más, así, ensimismado, hasta que por fin le dijeron que ya era tiempo de cremarla.

lunes, 9 de julio de 2018

Desde el primer baile.




A mis bailarinas

Cuenta el mito que Dédalo, además del laberinto,
creó una pista de baile para la bella princesa.
Mas si yo fuera Teseo y debiese dar muerte a la bestia
demoraría la empresa para pedirle a mi Ariadna una pieza.

Mis manos dibujando las curvas de su cintura,
mis dedos oprimiendo sus hombros desnudos,
nuestros pechos unidos respirando a ritmo unísono,
serían las únicas proezas que desearía acometer.

Con cada giro sus crines me abofetearían el rostro
y con sonrisa cómplice se volvería encarnación de Terpsícore.
Exiges con tus caprichos a este pobre principiante como Orfeo a la lira
y me conviertes en instrumento de tu goce esporádico.

¡Ay, Cenicienta griega! ¡Odalisca tropical!
No llegues tarde a la cita ni te entretengas en otros brazos,
que aunque Minos sea tu único dueño
como mi padre Egeo siempre estoy esperando la llegada de tu barco.

domingo, 18 de marzo de 2018

Catalina Catacumba.


Canta, canta, Catalina Catacumba
que Hécuba quiere que sus tumbas sucumban,

callos encallados cubren tus cuerdas,
voz curva oculta tu tráquea gorguera.

Canta, canta cánticos catatónicos
de eunucos costureros y corsos costumbristas,

calla con ellos al gallo gallardo
y a sus cacofónicos cacareos que provocan risa.

Canta, canta canciones caminantes
cual carnaval cartografiado por contundentes coristas,

que tus clases son cristales para
calcar cualquier calcomanía.

Canta, canta, Catalina Catacumba
y que tu canto no cese

que la voz que acuna a los muertos
para mí es son de vida y no de muerte.

domingo, 31 de diciembre de 2017

La Dama del Río.

Mi espíritu inquieto buscaba descanso,
en el locus amoenus de mi tierra natal.
Pero te encontró a vos, digna hija de Nimue.
Hada que surcas la brisa isleña con frágiles alas,
hechas de sueños juveniles que temen quebrarse con cada aleteo.
Construiste castillos de arena con tu sonrisa
y dibujaste ilusiones en las ondas del río de mi pensamiento.
Veo tus pies rechazar el suelo acuoso
pero vos te arriesgás para sentirte ser sirena por una vez siquiera.
Diminutas gotas suspiran a tu alrededor
y les pedís que bailen una sustancial danza entre tus dedos.
Ser el guardián de tu juego es privilegio que nunca pedí,
que no quiero perder.
Me invitás a que cante tu altisonante melodía
y yo me siento indigno de tamaño honor.
La tarde nos encuentra bañándonos con sus rayos
y mezclándonos con el paisaje dejamos de ser dos.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Mar adentro.

En este páramo, en el que el agua es el tesoro más preciado,
tu recuerdo inunda los surcos de mi pensamiento.
Manantial de cariño, oleaje de pasión,
la garganta solicita tu mar de besos.
Cierro los ojos y sueño con ser gondolero
que rema en las finas curvas de tu sonrisa y tu cintura.
Vuelvo a abrirlos y te veo, espejismo en el oasis de mi memoria.
¿Cuánto he de navegar hasta alcanzar tus orillas,
amarrarme en tus muelles, recorres tus puertos?

¿Cuánto tardaré, sirena melodiosa, en ahogarme nuevamente
en tu voz, en ser abrazado por profundas corrientes de amor?
Este Ulises resignado no conoce de Penélopes ni de Ítacas;
sin ceras ni ataduras persigue enceguecido con loca brújula tu ruta.
Neptuno fue caro aliado al presentarme a una de sus hijas.
Que ahora él me envíe un tifón; ¡te lo imploro!
Llévate este barco mío, retuércelo a la dirección correcta,
a la protección de sus brazos,
a la salvación de sus labios.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Puesta en vida.

para M. M.

Dos actores, voces de fondo.
La mesa de un bar los separa por centímetros, que se vuelven milímetros, que se vuelven un accidente sin importancia.
Miradas, gestos, contactos.
Ambos pronuncian palabras de arte que se convierten en música para los oídos.
Lecturas previas, confesiones intermedias, algo fuera de los planes.
Ella se pierde en sus monólogos; él, en su performance. Y la madrugada los toma desprevenidos.
Luz tenue, algunos borrachines. Para ellos ya no existe otra cosa que una mesa-lienzo sobre la cual las manos planean estrategias para encontrarse.
De repente, llega un mozo. Les pide amablemente que se retiren, preludiando el fin del primer acto.
Telón.

Segundo acto. Una callecita poco transitada. Autos en fila.
Ella no se atreve a entrar; él no se atreve a abrir.
Como una bailarina galáctica comienza a orbitar a su alrededor, pero él detiene su lunático devenir. La toma, la enrosca y la toma por fin.
Miradas cómplices, labios curiosos, delirios nerviosos.
Desvarían un poco hasta perderse tras bambalinas.
Ellos se ocultan; la calle queda desértica.
The show must go on.

Fin del simulacro.
Él se quita su máscara dionisíaca; ella, sus medias arlequinescas.
Ambos intérpretes se desmaquillan a cálidos besos, desvestuarizan sus almas.
No hay guion al cual atenerse, ni director que los dirija.
Son sólo ellos, improvisando la más bella de las tragicomedias que pudieran haberse inventado.
Escriben diálogos murmurados, acotaciones microscópicas para una escena que parece no querer acabar.
El happening concluye tras las primeras gotas de sol, pero se extiende un poco más de lo esperado. Los dramaturgos se resisten a detenerse.
Artistas de la pasión, ditirambos de inspiración.
Se despiden, con la promesa de un nuevo ensayo, para dar comienzo a una obra que está próxima a estrenarse.

miércoles, 28 de junio de 2017

Decálogo del buen lector.

ü El buen lector lee lo que sea: no tiene por qué ser sólo literatura; cualquier cosa que esté dentro de sus intereses acerca de cualquier tema es válido como material de lectura.
ü El buen lector lee hasta donde quiere: no necesita terminar de leer todo lo que empieza; si se da cuenta de que eso no le interesa o le resulta aburrido, lo abandona para adentrarse a un nuevo  texto sin culpa alguna. El buen lector podrá retomar la lectura cuando guste; el libro seguirá allí esperándolo. Él busca libros que le permitan entablar un diálogo con aquél otro mundo: que le permitan cuestionar, reflexionar y debatir aquello que lee.
ü El buen lector no tiene edad: no existe una edad para tomar un libro y leerlo. Existen lecturas recomendadas para ciertas edades, pero la edad del buen lector se mide por los libros que ha leído, no por los años que haya cumplido.
ü El buen lector lee a su ritmo: no se preocupa por la velocidad, saborea cada palabra, disfruta de la lectura sin preocuparse por el tiempo. Cuando el buen lector lee, los relojes se detienen. La velocidad llega por sí sola, con la práctica y la paciencia.
ü El buen lector sabe bien lo que busca: por más que no conozca sobre autores y títulos de libros, el buen lector tiene bastante en claro sus gustos y afinidades. Toma como punto de referencia los géneros (policial, ciencia ficción, terror, fantástico) o los personajes (detectives, alienígenas, monstruos, seres maravillosos) para encontrar los libros que puedan satisfacer sus necesidades lectoras.
ü El buen lector sabe pedir y oir consejos: los adultos (maestros, profesores, bibliotecarios, preceptores, directivos, padres, etc.) son buenas fuentes de consulta bibliográfica. El buen lector acude a ellos para facilitar la búsqueda de lo que quiere, sin permitir que la palabra del adulto lo influya completamente. Los adultos también se equivocan y es el buen lector quien tiene la última palabra sobre los textos que decide leer. Por supuesto, también puede hacer su propia investigación por internet y consultar en Google qué libros son los más recomendados para leer; pero sólo el buen lector debe trazar su propio camino.
ü El buen lector establece relaciones y asociaciones entre su vida y lo que lee: cuando lee, las palabras despiertan recuerdos y sentimientos existentes que le permiten al buen lector relacionar lo que aquello con su vida y su entorno. El buen lector sabe que los libros son escritos por personas de carne y hueso, que vivieron experiencias similares a las suyas y de las cuales puede extraer algún aprendizaje.
ü El buen lector conecta lo que lee con cosas que ya conoce: nadie que se precie de buen lector lee los textos por primera vez. Cada vez que toma un libro entre sus manos, el buen lector asocia lo que lee con otras cosas que ya conoce (otro libro, un cuento, un poema, una canción, un videojuego, una película, una serie, etc.). Los textos, así como las personas, no viven aislados del resto, sino que forman una comunidad y por ello se relacionan entre sí.
ü El buen lector juzga de un modo crítico lo que lee: todos opinan con argumentos lógicos y sostenidos qué partes les resultó atractivas y cuáles aburridas, qué rescatan y qué dejan a un lado de la lectura, qué piensan o qué interpretan de lo que han leído. Los textos no hablan por sí solos, son los buenos lectores quienes les hacen hablar.
ü El buen lector usa los textos para lo que se le da la gana: los libros no sirven para nada, sino que es el buen lector quien les da un uso. Puede leer cuando está aburrido, cuando no tiene nada mejor que hacer, mientras viaja o está esperando en un determinado lugar. Los libros sirven para aprender, conocer, descubrir, imaginar, citar, crear o por el puro placer de leer. Cada buen lector deberá darle utilidad a los libros que lea por su propia cuenta.

“Quise distraerte, no quise corregirte, porque al contrario eres el lector sabio, pues que practicas el entreleer que es lo que más fuerte impresión labra”, Macedonio Fernández.

martes, 14 de febrero de 2017

Fotografía.


A Juan José Saer

Ahí están ahora. Son siete. Se exhiben, frente al ojo inquisidor de la cámara, todas juntas, para que ninguna quede por fuera del marco autoritario de la fotografía. Sin embargo, dos rostros salen entrecortados y el primer intento resulta fallido, anunciando que habrá un segundo y posiblemente un tercero. La foto sale bien a la segunda; sin embargo, con la idea de obtener un resultado mejor que el anterior y aún mejor que el primero, ensayan una tercera. Habiendo cumplido su cometido, los cuerpos se separan, permitiéndose distinguir las formas y las curvas. Se zambullen en el agua celestina, que más acá es beige por la arena y más allá verde y turquesa hasta confundirse con el azul, y ya no se ven, a pesar de la transparencia de las olas, los colores de las partes inferiores de sus bikinis. Para nuestra sorpresa, dos más aparecen por el mismo lugar del que provinieron las anteriores. No advertimos que forman parte del grupo hasta que dejan sus pertenencias junto con las del resto. Un grito, que es interpretado como un saludo de felicidad o, más bien, de alegría, se oye desde el mar, aunque no se sepa a ciencia cierta cuál de todas lo profirió. Ahora son nueve; el número continúa siendo impar. Resulta matemáticamente conveniente, ya que nosotros somos tres, un número divisor de nueve. Sin embargo, eso lo pensamos y no lo decimos, porque sabemos que en la playa, a esa hora, con tantos espectadores y algunos intentando volverse protagonistas, no va a ocurrir nada. Ahora, la situación ha cambiado sustancialmente y amerita una nueva foto. La encargada de sacarla se resbala peligrosamente, lo cual hace que su cuerpo reaccione por actos reflejos, salvando, primero, lo más preciado que posee: su celular. El bien es rescatado a tiempo, sin mayores percances, y es intercambiado por una cámara go pro, profesional, sumergible, adecuada para situaciones como estas. Al haber aumentado el número de cuerpos y ser más difícil de manipular la cámara go pro, profesional, sumergible, adecuada para situaciones como estas, es necesario el aditamento conocido como selfie stick. El propósito de ambos, cámara y palo, no se hace esperar y las chicas vuelven a su objetivo principal, prefiriendo mantener, así, el recuerdo de una pose o de una interpretación forzada antes que el de una vivencia real y arriesgadamente, quizás, más genuina.

martes, 31 de enero de 2017

La Firmeza.

Como su nombre lo indica, en aquél pueblo de Santiago todo permanece erguido, recto, alzado, rígido, firme. Las humildes casas de ladrillo y material, si bien parecen destartalarse por el correr de los años, no ceden a los terrosos vientos cálidos ni a las amenazadoras lluvias traicioneras. Los árboles, de enclenques troncos y raíces de dudosa extensión, gozan de una extraña verticalidad nunca antes vista por sus primos urbanos, que prefieren la oblicuidad para competir con los imponentes rascacielos. Los animales rara vez se dejan arrastrar por el recalcitrante placer de las siestas tardías y los hombres y mujeres prefieren la contemplación del paisaje a la sombra de alguna construcción mientras mantienen las manos y las bocas ocupadas con mates dulces y tortillas. Sólo los más jóvenes ansían la compañía numerosa de sus pares para jugar largas jornadas de fútbol al mejor estilo del potrero, como quien se burla del poderoso Febo ostentando una efímera adolescencia. Es que, para poder tener contacto con otro ser humano que no pertenezca al núcleo familiar, las gentes del pueblo deben recorrer kilómetros y kilómetros de empolvadas carreteras de arena desértica y, aun así, el lugar sólo está compuesto por unas veintitantas familias.
El punto de reunión predilecto es la escuela municipal Nº 1005, que cuenta hasta el momento con primaria y un salón destinado para el jardín maternal que todavía no ha sido estrenado por ninguna generación de infantes. Los chicos más afortunados logran llegar a clases por medio de motos adaptadas para resistir el terreno hostil; los menos, caminan cabizbajos la distancia que sea necesaria por el monótono paisaje santiagueño sin siquiera chistar. Pocos son los que logran continuar sus vidas en la pequeña ciudad de Monte Quemado; algunos consiguen adaptarse a la ajetreada y perniciosa vida de Buenos Aires, pero a un costo muy alto.
Las raíces en La Firmeza son superficiales pero sólidas: respeto por la propiedad ajena, amor por la familia, solidaridad hacia los extraños, esfuerzo en el trabajo, conmiseración para los difuntos y obediencia hacia los maestros. La forma de vida allí no ha sido modificada en gran medida por los avances tecnológicos, ya que las señales telefónicas no consiguen penetrar en el monte. Pocas casas cuentan con televisión por cable que apenas es utilizada para presenciar los partidos de fútbol. La mayor fuente de información corresponde a las radios cuya única emisora proviene de la ciudad.
Cuando no se escucha el metálico sonido de los aparatos de radiodifusión, las voces de los animales ocupan el espacioso silencio. Vacas, toros, burros, cerdos, cabras, ovejas y gallinas erran libremente por la zona; cada uno sabe volver a su paraje y extraña vez se pierden o desaparecen por la gracia de algún oportunista. La otra fuente de sustento asegurado es, sin lugar a dudas, la tala de quebracho, guayacán y mistol, entre otros carbones vegetales, para los cuales el clima y el suelo son propensos. La agricultura, por el contrario, no es una empresa confiable, ya que el bien más preciado del cual carecen los habitantes es el agua, en especial la potable.
La obtención de agua es lo que vuelve más rudimentario el modo de vida en La Firmeza. Por supuesto que la falta de manutención de las rutas de arena fina y tierra seca demora el traslado de la ciudad al pueblo y viceversa; pero ni siquiera la falta de luz eléctrica resulta tan perjudicial ni conlleva tantos contratiempos como la escasez de agua. Las personas disponen de lo suficiente como para beber y preparar los alimentos, pero el aseo y la higiene permanecen relegados a un segundo y hasta un tercer plano. De esto se desprende que el nivel de mortalidad del pueblo sea relativamente alto a pesar de ser longevo. Ningún profesional vive en La Firmeza y todo depende de los recursos personales, la capacidad de traslado y la gracia divina.
Fue allí que un grupo de misioneros, entre alumnos y docentes de una escuela de Buenos Aires como cualquier otra, fuimos a parar por una semana con el fin de ayudar y contribuir en todo lo que estuviera a nuestro alcance. Nos recibió una finísima cruz estacada en el suelo, incapaz de sostener a ningún mártir. Esa cruz resultó ser más firme que la voluntad de los recién llegados que fuimos embestidos por el modo de vida, las historias y la bondad de aquella gente. ¿Qué podíamos hacer frente a aquél paisaje, desolador para nosotros, pero habitual para ellos? Sujetos que desconocíamos la falta de luz, de agua, de higiene, de paredes para vivir, de camas para dormir, de duchas para bañarnos, íbamos con la esperanza de hacer un bien a esas personas con tan solo algunos víveres, ropa y una semana de tiempo. Pero el daño más grave no lo profirió la impotencia, sino la fraternidad de los habitantes de La Firmeza. Sin moverse de sus hogares, sin cambiar su actitud, sólo siendo quienes realmente son, lograron misionar en nuestros corazones por una semana más de lo que nosotros podríamos haberlos ayudado en toda una vida de esmero y entrega. Ahí, descubrí, radica el poder de La Firmeza: el de demoler espíritus, sensibilidades, mitos, presupuestos, falsos ideales.

domingo, 29 de enero de 2017

Hemisferios.

Pintas paisajes de nube con las manos;
tu lienzo son el cielo y el río,
tus colores las aves y el rocío.

Trazas biciclos surcos en mi cabeza.
Pensamientos que callan nuestros dedos entrelazados
embelesan mi mente con juegos prohibidos.

Si escribo al son en que compones tus compases,
no me cabe duda:
                             a vos te sobran alas y a mí razones para volar contigo.

domingo, 24 de julio de 2016

El ascenso.

-Empezá a calentar, pibe, que en cinco minutos te meto a vos.
Había llegado el momento. Debían de notárseme los nervios en la cara, porque el entrenador agregó “relajá, jugá como hasta ahora. Olvídate que te están viendo”. Era así, si lograba dar vuelta el partido, era fija que me pasaban a primera división. Ese era mi sueño desde pibe, jugar codo a codo con los grandes, y estaba a dos goles de conseguirlo. No parecía imposible. Faltaban quince minutos para que terminara el primer tiempo más el alargue y el partido iba 3 a 2. Bastante pareja la cosa. Me levanté del banco y me eché unos piques. Ni bien la pelota se fue a un corner, el entrenador hizo los cambios: sacó al 9 y puso al 12. Cuando me pasó por al lado, vi que se frotaba un muslo. Uno de los defensores le había barrido la gamba con el botín para evitar que se acercara más al arco; la pelota salió de la cancha y el saque fue para nosotros, pero el árbitro no le cobró nada. Ahora entraba yo, tenía la oportunidad. Era un gol de cabeza asegurado. Lo había practicado mil veces, no me podía fallar. La pelota salió de la esquina y dibujó en el aire una hermosa comba, golpeó levemente mi frente y entró en el ángulo izquierdo del arco.
-¡Gooooooooooooool!, ¡Goooooooooool de Huracán!
-Y nada más que de la promesa juvenil, el petiso Jara. Sabia decisión la del entrenador.
-A treinta segundos de entrar en el campo, logra nivelar el resultado del partido. Huracán 3, Rosario Central 3.
Ahora lo que tenía que hacer era quedarme tranquilo el resto del partido y esperar al segundo tiempo. Era fácil decirlo, pero estábamos jugando de visitantes y la hinchada estaba heavy. El mes anterior ya habían multado al club por disturbios a la salida de un partido y parecían no haber cambiado de actitud. La seguridad era bastante pobre ya que se trataba de un partido de segunda división, pero la tribuna igual hinchaba como si se tratase de un superclásico. Terminó el primer tiempo y nos fuimos a descansar. Entre los muchachos empezamos a masajearnos los gemelos. Me acordé de mi vieja, que se lavaba las patas en una palangana con agua y lavandina. De chico, sin que se diera cuenta, le observaba las várices y jugaba a trazar el camino que recorrían. Cuando no estaba haciendo dobladillos a pantalones ajenos o cambiando cierres rotos, estaba fuera de casa lavando pisos de ricos. Como a mi viejo nunca lo conocí y mamá no tenía tiempo para ocuparse de nosotros, le tocaba al Gena ocupar el rol de padre. Cocinaba cada tanto, siempre lo mismo: unas pizzas, unos fideos pegados, un arroz hecho puré o unas milanesas mal rebosadas. Ninguno nos quejábamos, porque era lo único que sabíamos comer salvo que surgiera algo fuera de casa. Pero hacía mil que no lo veía al Gena; lo metieron en la cárcel de Ezeiza por jugársela de puntero político y ahora anda con los más pesados ahí adentro. No me puedo olvidar de la cara de mamá cuando el Gena le mostró el primer fajo de guita que le habían dado por “hacer trabajitos para el intendente”; fue casi lo opuesto a la cara que tuvo cuando le dijeron que la cana se lo había llevado por cobrar coimas en muchos locales del municipio, algunos incluso del barrio. Mamá no se animó a dar la cara por meses, no se animaba a que la reconocieran por la calle y le dijeran barbaridades de su hijo el mayor.
-¡Comienza el segundo tiempo! Los jugadores se ponen en sus lugares y saca Rosario Central.
La formación era defensiva: 5-3-2; el entrenador confiaba en que el otro delantero y yo podríamos hacer todo el trabajo duro. Y no estaba errado. El equipo contrario era una manga de muertos. Si a eso le sumaba que yo seguía fresco por haber jugado poco, el resultado ya estaba asegurado. Pero me di cuenta al toque de que jugaban sucio: metían trabas, empujaban, agarraban de la camiseta, metían mano y codo. Más que un partido oficial, parecía que volvía a jugar en el potrero a los diez años. Fue a esa edad que se murió el Titi. La versión que pudimos reconstruir gracias a la ayuda de varios testigos es que había salido del colegio a la misma hora de siempre; caminaba tranquilo por la calle cuando unos motochorros que iban a los piques se lo llevaron puesto. A los chorros no les pasó nada, fue el Titi el que se llevó la peor parte. La cabeza le había dado de lleno al cordón y estuvo en terapia intensiva cinco meses. Jamás se repuso de esa. Mamá no sabía cómo consolarlo al tío Emilio y es hasta el día de hoy que el pobre se mata lentamente tomando alcohol. Yo me acuerdo patente todavía del velorio del Titi; yo era pendejo todavía y recién entraba a jugar como profesional. Me había causado mucha impresión el cajón: nunca había visto uno tan chiquito. Parecía un baúl o una mesa ratona, no podía creer que ahí estuviese el Titi. Pero vi que la pelota llegaba a donde estaba; el arquero me había dado un pase largo. La bajé al piso y empecé a correr. Esquivé al mediocampo, esquivé a uno de los defensores. La hinchada se estaba volviendo loca y los gritos me aturdieron tanto que no noté que el otro defensor me estaba cerrando el paso de costado. Me dio en las canillas y caí de bruces al suelo.
-¡Faul, árbitro, métale roja a ese forro! -gritaban mis compañeros.
-No fue intencional, sigan jugando.
-¿Cómo que no fue intencional? ¿Es ciego o juega para ellos? ¡No te hagás el tarado y mírame a la cara si tenés huevos!
Quería que parara, pero el árbitro terminó sacándole una tarjeta amarilla a nuestro 5. Suerte. Un poco más y le ponía roja de no ser porque intervino el arquero. El partido se estaba poniendo heavy. Era fija que el árbitro tiraba para el otro equipo. El entrenador me preguntó si estaba bien, si podía seguir jugando. Le dije que no se preocupara, que todo marchaba sobre ruedas. Sacamos nosotros; estábamos peligrosamente cerca de su arco. El pase que me hicieron fue perfecto, pero no quise cabecear. En cambio, metí un cortito de rabona que fue demasiado sencillo de atajar. “Qué lindo bailás” me dijo Tamy en su cumple de quince cuando bailamos el vals. Esa tarde, la mamá le había alquilado el salón del polideportivo y se lo había decorado con telas violetas; mamá la ayudó durante toda la semana con la comida y la torta. Ella usó un vestido prestado que era de una amiga del colegio, pero igual le quedaba pintado. Yo desde primaria le había puesto fichas a la Tamy, pero ella ni bolilla, se me hacía la difícil. Después logré superarla, pero cuando bailé aquella vez con ella y la tuve tan cerca de mi cara, me volvió el viejo sentimiento al pecho. Lamentablemente, tuve que dejar el colegio para seguir mi sueño de jugar en Huracán; a la Tamy no la vi por un largo tiempo. A los dieciocho me la crucé una vez yendo para el entrenamiento; casi me muero cuando la vi con un pibe de seis meses en brazos. “Yo también tuve que dejar, ahora me tengo que ocupar de él”. Lo más triste no fue el chiquito, sino que tampoco tenía padre, porque el padre fue cosa de una sola noche a la salida de un baile y no lo volvió a ver, no tuvo forma de contactarse. Mamá siempre dijo que le hubiera gustado tener una nena, al menos una, pero tenía miedo de que le saliera trola como a la vecina, que se iba a atorrantear por ahí todas las noches y hasta a veces llevaba hombres a la casa. Como las paredes son finas, se escucha todo; mamá nos inventaba los mil y un cuentos cuando éramos chiquitos para que no nos enteráramos de lo que pasaba al lado.
-¡Sólo quedan veinte minutos de este segundo tiempo, señores!
Los rosarinos no daban tregua. Se los notaba cansados pero igual no dejaban jugar a nadie. Me tuve que hacer paso unas cuantas veces a los bifes, siempre corriendo el riesgo de que el árbitro cantara algo. Ya me había comido tres offside cuando al fin se me dio. Uno de los defensores se había quedado boludeando con el arquero y no se dio cuenta que la pelota venía hacia mí. Con el otro delantero nos fuimos comiendo a todo el equipo hasta que lo único que se interponía entre el arco y yo era el 1. “No me dejes sola, nene. No hagas como tu hermano. La mano viene jodida, está todo caro y yo no me las puedo arreglar sola” decía la vieja. A mí me daba una pena ella. Cuando dejó de bancarla mi hermano, me tocó a mí pagar los platos rotos. Hubo un tiempo que tuve que salir a cargar bolsas hasta que empecé a ganar unos mangos con el fútbol. Casi no dormía: a la madrugada acompañaba a los comerciantes del barrio al mercado central y a la tarde iba a entrenar. Así todos los días, incluso algunos fines de semana. “No puedo, nene, mirá lo que nos vino de gas y todavía no estamos en invierno”. Entre mis compañeros siempre hubo un poco de pica. Reconozco, es verdad, que soy uno de los mejores jugadores. Pero mi desesperación por el ascenso no es la fama ni el lucro, todo es para ayudar a la vieja así no tiene que laburar y se jubila de una vez por todas. Esa parte de uno es la que no cuentan. Míralo a Tévez, el flaco salió de la villa, hizo lo imposible. Gracias a él yo tuve esperanzas de una vida mejor, de escapar del destino que les había tocado a mi hermano y a mis vecinos. Ese partido representaba para mí la diferencia entre ser un winner y un cualquiera, una vida tranquila y la vida puerca.
El otro delantero me levantó la pelota, que pasó por encima del arquero. Yo en el área atiné a tocarla con frente, pero sentí que algo más duro que una pelota de fútbol me daba en la nuca. Poco a poco fui perdiendo la visión y el equilibrio, los gritos de la hinchada se hicieron confusos pero llegué a escuchar el silbato del árbitro unos disparos de la policía. A la semana me desperté en el hospital. Al lado mío estaba mamá llorando, contenta porque había despertado. “No te aflijas, bebé. Agradecé que estás bien. Alguien de la tribuna te tiró un botellazo. No te aflijas, bebé. Lo importante es que estás sano. El partido fue suspendido, lo jugaron de nuevo hace dos días”. Pero no era eso lo que quería escuchar. La vieja se dio cuenta, hasta que por fin cobró coraje y me dijo:
-Pero la pelota no entró.